Capítulo uno: Martín Benot. Como si fuera una araña

Tesalia, 30 de septiembre, lunes

La tarde en que aparece el cuerpo de Helena estoy en la ciudad.

El cielo amenaza tormenta, todo parece brumoso y sucio, y mi regreso genera cierto interés. En principio, el crimen de Helena y mi vuelta a casa son dos hechos aleatorios, sin ninguna relación, pero a veces el destino juega con nosotros y nos pone en situaciones muy extravagantes.

Los restos de Helena se hallan a las ocho, junto al río, en un área cenagosa rodeada de plumeros. Silencio, niebla y una llovizna cruda y pesada. A lo lejos brillan las luces de la planta de cloroetileno; se reflejan en el agua y hacen que todo parezca irreal. Para volver al casco urbano bastaría con cruzar el puente colgante que atraviesa el río; pero el bosque nace aquí mismo y trepa hasta el lago de la mina, ya cerrada hace tiempo. A este lado de la brecha fluvial el paisaje es agreste, quieto y solitario.

La portada de 'El asesino de invierno'. Elkar

Casualmente, o no tanto, también soy yo quien encuentra el cadáver. Acabo de asistir al funeral por mi madre, paseo por la orilla con el perro de mi padre y percibo algo extraño. Contemplo la escena mientras sujeto a Rocky por el collar; y el animal aúlla, espeluznado, por la imagen grotesca que tiene ante sí: una figura derribada en la espesura. Me cuesta asimilar lo que estoy viendo años después de mi huida de Tesalia.

En este momento yo no sé que es Helena, no se confirma hasta el día siguiente, pero sí soy capaz de extraer información.

Amarro a Rocky al tronco de un árbol, me aproximo al cadáver sin pisar la charca. Alcanzo una muñeca, no hay pulso, los dedos están azulados. Me alejo, me acuclillo, saco fotos a unos metros de distancia, convencido de que es una mujer. Sus falanges son finas y alargadas, la única piel que queda al desnudo es de las manos, el resto del cuerpo se encuentra cubierto. Podría acercarme un poco más, adulterar el terreno y tomarle el pulso carotídeo al cuello. Pero no lo hago.

Ya lo sospechaba, en mi fuero interno sabía de sobra que no debía volver a Tesalia. La gente paga peajes por las cosas, y yo soy de los que pagan caro. Aun así, no me gusta retozar en las miserias y acabo decidiendo que pudo haber sido mucho peor. Todo es susceptible de empeorar.

Telefoneo a la Policía, me responde una voz fría, de centralita.

Cuando explico lo ocurrido desde el teléfono móvil, me presiono el entrecejo con tres dedos de la mano: pulgar, corazón y anular. Mi respiración es grave, profunda, algo más ágil de lo habitual, y la vena yugular late en mi cuello como una culebra ansiosa por saltar. No soy un hombre impresionable, pero esta noche no podré pegar ojo; la imagen de Helena abatida sobre el cieno queda grabada a fuego en mis retinas.

La ficha

  • Título: ‘El asesino de invierno’
  • Autora: Greta Alonso
  • Género: Thriller psicológico
  • Editorial: Planeta
  • Páginas: 496

Rocky no deja de ladrar, se debate con fiereza tensando la correa; no es un perro agresivo, pero esta figura en medio del bosque resulta amenazante. La llovizna ya es un aguacero, y las gotas se estrellan contra las hojas del arbolado, contra las rocas del río, contra la imagen aterradora que cubre el que fuera el rostro de Helena.

Tomo más fotos, las amplío, imagino la escena enfocada desde lo alto, desde el cielo que oscurece: el cuerpo enfundado en el traje extraño que flota en el charco de lodo y hojas; bocarriba, con los brazos extendidos como si fuera una araña. Las ramas de los robles, sus tentáculos. Y la capucha, el trapo, la faz postiza que oculta la cara: varias hileras de dientes de animal, amarillentos e irregulares, donde estaría la boca; el rostro apergaminado, grotesco, sonríe feroz. Bultos rojizos de aspecto terroso donde estarían los ojos; ojos ciegos. Greñas oscuras donde estaría el cabello, quizá el pelaje de algún animal. No hay piel en las mejillas, no hay cutis en la barbilla, ni en la frente; en su lugar, algún tipo de tejido sucio y desgarrado cubierto por trozos de corteza de árbol.

En conjunto, la visión resulta perturbadora. Helena yace muerta en el bosque; pero Helena ya no es ella, es un monstruo.

Cuando se aproxima el coche por el camino de tierra, ya ha anochecido. La intensidad de las luces de la planta de cloroetileno se ha agudizado, y los destellos de la ciudad, al otro lado del río, traspasan la lluvia. Rocky aún ladra con desgarro, y del vehículo se apean caras conocidas de personas del pasado: el inspector Vela, del grupo de Homicidios; la inspectora Prado, de la Científica, y un par de agentes.

—Buenas tardes, Martín — me saluda Vela tendiéndome la mano—. Espero que haya sido un error, que alguien se haya explicado mal o que yo no lo haya entendido bien. Dicen que has encontrado un cadáver.

—No es un error, hay un cuerpo junto al río.

Vela no aparta la vista, no la dirige hacia el punto que señalo.

Se planta frente a mí con los brazos en jarras y asiente mientras fija sus ojos en los míos. Mide si sigo siendo el mismo. Luego niega y baja la voz:

—¿Cómo estás, hijo?

—Mejor que la última vez que nos vimos. — Vela no espera sinceridad, prefiere una respuesta de ascensor—. Creo que es una mujer — añado. Desvío su atención hacia el tema que me importa—. A la persona del charco no se le ve el rostro, pero sus manos son de mujer.

Vela acepta resignado, como si le costara horrores tener que empezar a hacer su trabajo.

—Manos de mujer — murmura mientras se aleja, mientras se acerca al bulto y enciende la linterna—. Muchos hombres tienen manos de mujer — apunta—, y esos no son de fiar, Martín.

Te lo digo yo, que he visto mucho.

—Yo también he visto mucho, Vela. A veces quisiera no tener ojos.

—Aún estás a tiempo de arrancártelos, como Edipo. ¿Ya te he hablado de Edipo? Lo consumió su conciencia...

Vela frena en seco, se planta frente a la charca mientras lanza un silbido y un «joder». Luego reclama a la inspectora Prado.

—Esta vez te has lucido, Benot; menudo hallazgo. ¿Qué es eso que envuelve la cabeza de la presunta mujer?

—Algo repugnante — replica la inspectora Lara Prado—.

¿Has comprobado que ha fallecido? — me pregunta.

—Ha fallecido. No tiene pulso, ya hay cianosis en las manos,

y de lo alto de ese árbol cuelga un fardo oscuro; creo que es una mochila, se ha enganchado a una de las ramas.

—Nunca serás como Edipo — dice Vela—. Tú eres como las víboras, Martín, que jamás cierran los ojos.

Ya se ha protegido el perímetro, se han desplegado unos focos de alta potencia y se está estudiando toda la zona. La inspectora Prado y sus dos agentes sacan fotos al terreno y al propio cadáver desde varias perspectivas. También toman mediciones; no va a ser sencillo crear moldes de las huellas: cada vez llueve más. Rocky se ha tumbado junto al árbol y lloriquea de manera intermitente. Vela esboza un croquis, aún no ha solicitado efectivos; y me interroga con la mirada. Ha engordado, pierde pelo, pero sus ojos no han envejecido. No tengo

claro si está examinando el lugar de los hechos o si me examina a mí.

—¿Algo que decir, Benot?

—Demasiados matorrales, rocas, hondonadas. También hay taludes, laderas, riscos y arroyos. El bosque empieza aquí, Vela, a este lado del río Lúzula, pero abarca ochenta hectáreas.

Hay que ampliar la superficie de rastreo; podría haber más cuerpos o alguna persona oculta por la zona.

—¿Más cuerpos? Apuesto a que ya lo has verificado.

—En apariencia no hay nadie — admito—. Esta mujer no ha muerto aquí, la han traído de algún sitio.

—Y entonces, oportunamente, has aparecido. ¿Cuánta gente merodea por esta pista forestal al cabo del día, Martín?

Andando, corriendo, con la bici. Para volver al mundo civilizado solo hay que cruzar la pasarela colgante que atraviesa el río... ¿Te encontraste con alguien al llegar?

—Con nadie.

—¿Sueles recorrer a menudo este sendero?

—Cuando vivía en Tesalia venía a diario. De eso ya hace cinco años.

—Y esto nos enfrenta a dos hipótesis — me explica—: Una es que hoy, años después de tu último paseo, te hayas topado con el cuerpo extraño por puro azar. La otra es que alguien te haya esperado, que alguien supiera que esta tarde, después del funeral, ibas a venir a caminar con Rocky. ¿Lo comentaste en público?

—No recuerdo haberlo hecho. Se me ocurre una tercera opción, Vela.

—Que el cadáver lo hayas dejado tú.

No me da tiempo a afirmar, oímos el rugido del motor de un coche, y ambos llevamos la mano al arma.

—Es la forense — me dice Vela bajando la guardia—. Y los que vienen con ella son la jueza y el secretario. Todos nuevos, no los conoces.

—¿Competentes?

—La forense, mucho.

La jueza y el secretario se dirigen al cadáver sin más ceremonias.

SOBRE LA AUTORA

Greta Alonso nació en Santander en los años ochenta. Se licenció en Ingeniería Química y más tarde en Psicología, aunque nunca ha ejercido esta última profesión.

Su primer libro, una novela negra ambientada entre Bilbao y Cantabria, vio la luz con el título de El cielo de tus días (Planeta, 2020).

Tras cosechar un éxito inesperado de público y crítica, regresó con La dama y la muerte (Planeta 2023), un thriller que se desarrolla en Santander, y se zambulle en el mundo del arte.

Sus dos primeros libros se publicaron bajo seudónimo, siendo la identidad de la autora un auténtico misterio.

Su tercera novela, El asesino de invierno, es su obra más personal, oscura y ambiciosa.

Del vehículo también se apea una mujer de unos treinta años. Morena, cabello amarrado en cola de caballo, rostro serio y bien proporcionado. Calza unas buenas botas de montaña parecidas a las mías, y se acerca a nosotros con paso decidido sin cubrirse la cabeza. Vela la saluda y luego nos presenta: —Él es el inspector Benot, Martín Benot. Ella es la doctora Flores, del Instituto de Medicina Legal.

Estrechamos las manos. Nunca he oído hablar de ella, pero deduzco que ella sí que ha oído hablar de mí, porque algo en su mirada deja entrever cierto entendimiento, interés, demora en el contacto visual. Su rostro me es vagamente familiar, pero no sé decir cuándo ni dónde nos hemos visto.

—¿Hemos coincidido en algún caso? — le pregunto—. ¿En Madrid?

Antes de que pueda responder, uno de los técnicos de la Científica se acerca con una bolsa de pruebas. Los indicios se recogen en la última etapa de la inspección técnico-ocular,

pero la lluvia altera el procedimiento.

—Esto estaba colgando del árbol, de la rama que cruzaba por encima del cadáver. Es un reloj de arena — aclara—. También hemos alcanzado la mochila que viste. El perro no dejaba de ladrarle.

Aquí no soy más que un mero espectador, pero suena el teléfono del inspector Vela, que se aleja unos metros para responder, y por eso me calo el guante que me tienden. Ante la mirada atenta de la doctora Flores, de la jueza y del secretario, extraigo unos objetos de la cavidad de lona: unas prendas de ropa deportiva, una muda de mujer, un manojo de llaves y una agenda de cuero. Abro la agenda, le han arrancado un montón de hojas.

Vela vuelve a unirse al grupo.

—Me han llamado de comisaría — nos dice—. Se acaba de denunciar la desaparición de un chico. De Marcos Maura, el nieto del antiguo dueño de la mina.

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Nuestros ojos se dirigen hacia el cuerpo de la charca; quizá no se trate de una mujer.

Hace cinco años que salí de la ciudad, pero sé lo que implica que se haya esfumado el nieto de Maura: equivale a decir que se ha perdido el mismísimo Dios.