El consejero de Ciencia, Universidades e Innovación del Gobierno Vasco, Juan Ignacio Pérez Iglesias, defiende la reformulación del Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030, que incorpora nuevas prioridades como la inteligencia artificial, la soberanía tecnológica o las ciencias sociales y humanidades. En la entrevista, explica que el cambio responde a la necesidad de adaptar la estrategia científica a transformaciones recientes como la irrupción de la IA generativa y las lecciones de la pandemia, que han reforzado enfoques como One Health y la dimensión social de la investigación. Pérez Iglesias sostiene además que el nuevo modelo busca reforzar el impacto de la ciencia sin renunciar a la investigación básica y alerta de la “fatiga investigadora” derivada de la presión por publicar en el sistema científico. Asimismo, adelanta el futuro Centro de Estudios Avanzados prevé constituirse en 2027.

Acaban de reformular el Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030 incorporando nuevas prioridades como la inteligencia artificial, la soberanía tecnológica o las ciencias sociales. ¿Qué llevó a modificar el plan original?

—Comprobar que había cuestiones que habían adquirido una relevancia enorme y que no tenían suficiente peso en la versión inicial. El ejemplo más claro es la inteligencia artificial. Cuando se redactó el primer plan todavía no habíamos vivido la explosión de la IA generativa que comenzó en 2023. Desde entonces estamos viendo transformaciones muy profundas en prácticamente todos los sectores y entendimos que la inteligencia artificial no podía aparecer como un elemento secundario, sino como un eje transversal que afecta a todas las áreas estratégicas. También influyó mucho la pandemia. 

¿La pandemia? 

—Sí, porque puso de manifiesto la relación entre salud humana, salud animal y salud ambiental. Eso reforzó la importancia del enfoque One Health y nos hizo ver que no podíamos separar la investigación científica de sus implicaciones sociales. Por eso decidimos dar más peso a las ciencias sociales y humanidades, algo que consideramos imprescindible en un contexto marcado por fenómenos como el negacionismo climático, los movimientos antivacunas o los debates éticos ligados a la inteligencia artificial. Además, incorporamos cuestiones relacionadas con la cultura vasca, el euskera y el bienestar psicosocial, porque creemos que un plan de ciencia no puede limitarse únicamente al desarrollo tecnológico, sino que también debe atender al impacto social y comunitario de la innovación.

La incorporación del nuevo pilar de “comunidad” rompe con el esquema tradicional. ¿Eso supondrá trasladar recursos desde las ciencias tecnológicas hacia las ciencias sociales y humanidades?

—Los recursos siempre son limitados y, evidentemente, hay que distribuirlos. Pero aquí hay un elemento muy importante: existe un compromiso político de incrementar un 6% anual la inversión en innovación. Y eso supone muchísimo dinero. Además, hay que entender que ese crecimiento es acumulativo. No hablamos de una subida puntual, sino de un incremento sostenido año tras año. Eso permite incorporar nuevas prioridades sin necesidad de desmantelar otras áreas. Puede ocurrir que determinadas áreas no crezcan al ritmo al que habrían crecido en otro contexto, pero no van a perder recursos. El compromiso del Gobierno con la ciencia y la innovación es muy fuerte y tiene implicaciones presupuestarias muy importantes.

El nuevo plan introduce también los llamados “faros” estratégicos en ámbitos como inteligencia artificial, cuántica o descarbonización. ¿Existe el riesgo de priorizar esos grandes proyectos frente a la investigación básica?

—No. Son ámbitos diferentes y complementarios. El apoyo a la ciencia básica no solo no se va a reducir, sino que se mantiene como una prioridad. De hecho, ya hemos lanzado la convocatoria de grupos de investigación para los próximos cuatro años con una financiación de 50 millones de euros. Eso sigue ahí y no se toca. Lo que ocurre es que, además, existe un Fondo de Innovación orientado específicamente a generar conocimiento avanzado con impacto social y económico. Nosotros entendemos la innovación como la creación de conocimiento de frontera, de alto nivel, con capacidad transformadora. Y ahí entran los faros, que funcionan como grandes ejes estratégicos. Pero la base del sistema sigue siendo mantener grupos de investigación potentes en todas las áreas del conocimiento. La calidad científica sigue siendo irrenunciable.

“Había cuestiones, como la IA, que habían adquirido una relevancia enorme y no tenían suficiente peso en el Plan de Ciencia 2030 inicial”

También tiene un énfasis muy marcado en la “soberanía tecnológica” industrial. ¿Qué viraje estratégico da el plan para proteger el conocimiento crítico vasco en un escenario geopolítico cambiante?

—El conocimiento, salvo aquello que puede convertirse en propiedad intelectual, es en esencia libre y abierto. Lo que estamos haciendo con esta política de innovación es alinear nuestras prioridades con las del Plan de Industria aprobado en septiembre. Ese plan distingue entre los sectores tractores actuales, los sectores emergentes y los proyectos transformadores, que surgen de iniciativas impulsadas por empresas, administraciones y agentes científicos para crear grandes consorcios capaces de desarrollar proyectos radicalmente nuevos. Algunos de esos proyectos ya están en marcha. 

¿Cuáles? 

—Por ejemplo, hay iniciativas vinculadas al desarrollo de nuevos motores aeronáuticos preparados para combustibles renovables, lideradas por ITP en colaboración con el Centro de Fabricación Aeronáutica Avanzada de la Universidad del País Vasco. También existen proyectos de fabricación avanzada relacionados con inteligencia artificial o iniciativas biosanitarias, como el desarrollo de hidrogeles inteligentes para medicina personalizada. 

¿Y qué implica esto a medio plazo?

—Lo importante es que estos proyectos muestran cómo las prioridades industriales y los llamados faros de investigación del departamento convergen en ámbitos estratégicos comunes. Esa colaboración permite acelerar los procesos de transferencia al mercado y, sobre todo, alinear capacidades científicas, tecnológicas y empresariales. Esa es la clave. Probablemente nunca habíamos alcanzado un grado tan alto de alineamiento entre los proyectos impulsados desde Industria y las líneas prioritarias de nuestro departamento. Es algo de lo que estoy especialmente satisfecho y creo que puede tener un gran recorrido, aunque todavía sea pronto para medir resultados porque muchos proyectos están comenzando ahora su desarrollo.

El consejero de Ciencia, Universidades e Innovación, Juan Ignacio Pérez, posando para la entrevista. Gaizka Portillo

El informe que un foro de expertos –impulsado por su Departamento– alerta sobre el malestar, la precariedad y la “fatiga investigadora” en la ciencia vasca. ¿Hasta qué punto cojea la situación bajo el modelo actual?

—No creo que sea un problema exclusivo de la ciencia vasca, sino del sistema científico en general, al menos en Occidente. En una presentación del informe ante agentes del sistema, se ha mencionado un dato muy significativo: en Estados Unidos, cerca del 50% de los doctorandos presenta problemas de salud mental, como ansiedad o depresión. Los datos de otros entornos con un alto desarrollo científico y tecnológico apuntan en la misma dirección. No conozco cifras concretas de Euskadi, pero en el Estado la situación probablemente sea similar.

¿Por qué?

—Esto tiene mucho que ver con la enorme competitividad del sistema científico. Existe una fuerte presión por publicar y una gran incertidumbre, especialmente entre los investigadores jóvenes, sobre su futuro profesional. Conseguir financiación o sacar adelante un proyecto implica competir constantemente, y eso genera tensión en todas las etapas de la carrera investigadora. También influye un contexto social más amplio. Vivimos en una sociedad marcada por la incertidumbre y por una percepción del futuro muchas veces amenazadora. Si además trabajas en un entorno altamente competitivo, es fácil sentir que todo depende de lograr resultados continuamente, y eso termina pasando factura.

“La idea es situar a los investigadores en torno a los 36 años en una posición de preestabilidad, con buenas condiciones”

¿Qué plantean para evitarlo?

—Nuestro objetivo es aliviar parte de esa presión sin reducir la capacidad de aportación de la comunidad científica. No es sencillo, porque hay que equilibrar bienestar, exigencia y necesidad de resultados. Pero creo que hay una vía clara: debemos dar más valor al carácter transformador y disruptivo de la ciencia y la innovación, priorizando el impacto real del conocimiento frente a una lógica basada únicamente en acumular publicaciones y méritos cuantitativos.

El documento propone precisamente sustituir parte de las métricas cuantitativas por evaluaciones más cualitativas. ¿Cómo se puede aterrizar eso en la práctica?

—No podemos basar la evaluación científica únicamente en métricas. Tenemos que hablar con quienes presentan los proyectos, entender hasta qué punto sus propuestas son realmente transformadoras y valorar sus trayectorias pensando en el potencial de futuro de sus investigaciones, no solo en los resultados inmediatos. Eso obliga a cambiar la manera de abordar las evaluaciones. En ese contexto, los planes de bienestar e igualdad son elementos esenciales. La presión constante por publicar puede generar situaciones de ansiedad o desgaste emocional. En ciencia, además, los resultados no siempre llegan cuando uno espera: puede ocurrir que una investigación no avance al ritmo previsto o que un artículo no esté listo a tiempo. Por eso necesitamos sistemas de evaluación que trabajen con horizontes temporales más amplios y que valoren las ideas y el potencial investigador más allá de fluctuaciones puntuales en la producción científica.

Habla de planes de igualdad.

—También es fundamental incorporar la perspectiva de igualdad, especialmente en relación con el género. El problema no es únicamente que haya menos mujeres en determinadas disciplinas –de hecho, en áreas como Biología o Química su presencia es muy alta–, sino las dificultades añadidas que encuentran para progresar en la carrera científica y académica. Esas dificultades tienen mucho que ver con las tareas de cuidados, que siguen recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. Y eso debe tenerse en cuenta a la hora de evaluar un currículo. Hay que considerar los periodos en los que una investigadora no ha podido mantener el mismo nivel de producción científica y ajustar los criterios de valoración en consecuencia. Es algo perfectamente viable y necesario si queremos construir un sistema más justo.

¿Cuándo podría implantarse?

—Eso depende de cuestiones técnicas que tendrá que desarrollar Unibasq, pero yo espero que antes de que termine la legislatura podamos empezar a introducir estos criterios.

¿Qué medidas concretas planteará para ofrecer carreras más estables a jóvenes investigadores?

—En el anteproyecto de ley planteamos una carrera académica más estructurada y previsible. La tesis doctoral debe ser el inicio natural de la carrera científica y después creemos muy importante que el personal investigador tenga experiencia internacional. Salir fuera permite trabajar en centros excelentes y también adquirir otras formas de entender la investigación. Pero tan importante como salir es poder volver. Por eso queremos reforzar los contratos de reincorporación, con una duración razonable —por ejemplo cuatro años— y mejores condiciones salariales. La idea es que una persona pueda situarse en torno a los 36 años en una posición de preestabilidad, es decir, con opciones reales de consolidarse en el sistema científico o universitario.

Proponen reforzar el control sobre malas prácticas científicas derivadas de la presión por publicar. ¿Qué malas prácticas se dan?

—El principal reto es evitar el fraude. En el ámbito de las publicaciones científicas no es difícil hacer trampas y, de hecho, ha habido casos de investigadores de primer nivel cuyos artículos han tenido que ser retractados, ya sea por las propias revistas o por los propios autores. Ese riesgo se ha incrementado con la aparición de herramientas de inteligencia artificial capaces de generar textos científicos de forma automática. Muchos investigadores con experiencia son capaces de distinguir un trabajo sólido de uno artificial o fraudulento, pero no siempre resulta sencillo. De hecho, incluso revistas científicas prestigiosas están detectando un aumento de artículos inventados o manipulados. A eso se suma la proliferación de publicaciones de baja calidad, lo que hace todavía más difícil discriminar entre investigaciones rigurosas y trabajos elaborados únicamente para engordar currículos. Por eso creemos que las evaluaciones no pueden depender exclusivamente de métricas o de listas de publicaciones.

“La presión constante por publicar puede generar situaciones de ansiedad o desgaste emocional, hay que primar la calidad”

Si finalmente se implanta un modelo de investigación menos productivista, ¿afectará a la competitividad del sistema universitario vasco en los rankings internacionales? 

—Muy buena cuestión. Yo creo que ese riesgo puede evitarse siempre que la producción científica siga siendo reconocida por su alta calidad. La idea no es producir menos por producir menos, sino priorizar investigaciones más transformadoras, novedosas y con mayor impacto científico y social. Además, la competitividad internacional no depende únicamente del volumen de publicaciones. También cuenta la capacidad de atraer talento investigador de alto nivel, generar proyectos relevantes y consolidar ecosistemas científicos de excelencia. Si somos capaces de atraer a más investigadores punteros, eso también acabará reflejándose en el prestigio y en los indicadores internacionales. Por eso esta estrategia forma parte de una política más amplia. No se trata solo de cambiar criterios de evaluación, sino de reforzar el conjunto del sistema científico vasco. En esa línea, por ejemplo, estamos trabajando también en el futuro Centro de Estudios Avanzados.

¿Ya se ha dado algún paso más?

—Sí, ya hemos mantenido conversaciones preliminares con el rectorado de la Universidad del País Vasco para analizar cuál podría ser la fórmula jurídica más adecuada. Todavía es pronto para concretar, pero sí tenemos claro que las áreas docentes prioritarias deberán estar alineadas con las líneas estratégicas definidas en el Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación. En algunos de esos ámbitos ya contamos con personal investigador de altísimo nivel. En otros probablemente tendremos que incorporar talento a través de programas de Ikerbasque. Es un trabajo que estamos desarrollando conjuntamente con la universidad y, por prudencia, todavía no queremos adelantar demasiados detalles.

 ¿Qué áreas concretas?

—Estamos hablando de ámbitos como la inteligencia artificial, las ciencias y tecnologías cuánticas, la descarbonización, One Health o los condicionantes sociales de la salud. Son áreas en las que Euskadi ya dispone de capacidades científicas muy relevantes y donde existe potencial para situarse en posiciones de referencia internacional.

¿Qué será exactamente?

—La idea es crear un centro de formación avanzada de alto nivel, inicialmente centrado en estudios de máster en áreas estratégicas donde Euskadi cuenta con una base científica sólida. Por ejemplo, en ciencia de materiales Euskadi dispone de centros de gran nivel como BCMaterials, CIC energiGUNE, POLYMAT o el Centro de Física de Materiales. Eso permite contar con investigadores de primer nivel que podrían participar como docentes y ofrecer una formación puntera a escala internacional. También ocurre en inteligencia artificial, especialmente en tecnologías del lenguaje, o en ámbitos vinculados a la transición energética y la descarbonización, donde existen grupos muy avanzados en almacenamiento energético, baterías o combustibles alternativos.

 ¿Qué se pretende conseguir?

—Fundamentalmente, dos cosas. Por un lado, ofrecer a los estudiantes de Euskadi la posibilidad de formarse al máximo nivel sin necesidad de desplazarse al extranjero, algo que no todas las familias pueden permitirse. Y, por otro, atraer talento internacional y generar un entorno capaz de retener posteriormente a parte de esos estudiantes e investigadores.

“Nuestra intención es poder constituir el Centro de Estudios Avanzados en 2027”

¿Qué plazos manejan?

—Nuestra intención es incorporar este proyecto al próximo Plan Universitario y poder constituir el centro en 2027. Otra cuestión distinta será la sede física, porque eso requerirá más tiempo y probablemente la construcción de un edificio específico. La idea inicial no pasa por un modelo online, sino por una formación muy presencial, con grupos reducidos y una interacción intensa entre alumnado y profesorado, más cercana al modelo anglosajón de posgrado.

Y la pregunta que queda es, ¿ya sabe dónde se ubicará el centro?

—De momento prefiero no concretar nada. Es un proyecto que no depende únicamente de nosotros y todavía hay conversaciones abiertas. Probablemente haya novedades más adelante, pero ahora mismo sería prematuro avanzar detalles.