En los 90, o bien escribía a boli o pluma, o tecleaba en máquina de escribir. Entonces, tener una máquina de escribir eléctrica IBM de las de bola era ya todo un símbolo. Hoy les hablas a las personas más jóvenes de máquina de escribir de bola y éstas se preguntan qué tendrán que ver las bolas con las máquinas de escribir. Luego apareció el fax, otra máquina que ya prácticamente ha desaparecido.

Los ordenadores ya existían desde la segunda guerra mundial, pero eran máquinas que ocupaban habitaciones cuando no edificios enteros. Aparecen entonces los primeros ordenadores de tamaño más utilizable. Eran unos trastos que llevaban teclado y pantalla en un único aparato, con pantallas verdes que sólo se usaban para tratamiento de texto y poco más. Recuerdo haber metido horas en un programa llamado Wordstar, que rápidamente quedó anticuado y fue sustituido por otro llamado Wordperfect, en el que debías aprenderte códigos –control+i o control+c– para poner letras cursivas o negritas, y otros muchos más.

Después llegó Windows y Office, que sustituyeron todo lo anterior, y sus versiones de código abierto, Open Office, etc. También apareció la primera mensajería instantánea, el ICQ, que recuerdo haber utilizado.

Aparecen los primeros teléfonos móviles. Inicialmente sólo para coches de potentados varios, y luego también en forma de unos trastos pesados e incómodos. Comprensiblemente, con el tiempo, cuanto más pequeño el teléfono, más “chic”. Llegan los Blackberry con sus tecladitos y si lucías uno de esos, eras el rey o la reina del mambo. Y luego los smartphones con sus diversas apps. Y por fin, las redes sociales.

Al principio eran una forma de mantener un contacto continuo con amistades, hasta convertirse en lo que ahora son. Fueron por ejemplo uno de los vectores de la llamada primavera árabe, pero de la misma sirvieron para detonar el genocidio de los rohingyas en Birmania de forma análoga a la de la radio en Ruanda que detonó el genocidio perpetrado contra los tutsis por los hutus.

Jacques Ellul, visionario filósofo y sociólogo francés, argumentó en su obra fundamental La Sociedad Tecnológica –allá por 1954 ni más ni menos, cuando nada de lo arriba descrito había ocurrido aún– que ya entonces, con la radio, la televisión, los coches, etc, nos habíamos quedado atrapados en un sistema tecnológico–autónomo. Su análisis se estructuraba en torno a tres características fundamentales de la tecnología que generan toda una dependencia humana:

a) La autonomía tecnológica: la tecnología ya no es un instrumento controlado por el hombre, sino que se ha convertido en un sistema autónomo que dicta sus propias leyes, evoluciona por sí mismo y se impone a la sociedad.

b) El determinismo tecnológico: la eficiencia es el único criterio que guía el desarrollo tecnológico, desplazando los valores humanos, morales o políticos. Se impone el “mejor medio” tecnológico, limitando la libertad humana y obligando a la adaptación.

c) El farol tecnológico, la creencia ciega y cuasi religiosa de la sociedad en que la tecnología resolverá todos los problemas humanos. Esta fe ciega oculta los peligros de la misma y genera una dependencia psicológica y social, donde el hombre se siente incapaz de vivir sin el entorno tecnológico. La tecnología abarca todas las áreas de la vida: lo económico, la organización (el Estado) y lo humano (psicología, propaganda, educación), creando un sistema cerrado. ¿Recuerdan el apagón de electricidad? Pues imaginen un apagón de Internet si de veras quieren temblar.

La resistencia, para Jacques Ellul, no consiste en quitar las máquinas, sino en un cambio radical de conciencia y de modo de vida. Dado que el sistema técnico es autónomo y se autoalimenta, cualquier oposición será absorbida por el propio sistema. Por ello, su propuesta de resistencia se basaba en una toma de conciencia, reconociendo que no somos libres y que nos arrastra la tecnología. Sólo así podremos distanciarnos algo de ella. Debemos decidir no hacer algo sólo porque es tecnológicamente posible, si con ello destruimos valores humanos esenciales. Con ello no pretendía Ellul que renunciáramos a la tecnología, sino que tuviéramos un pie en la sociedad tecnológica pero otro en la sociedad humana tradicional. Esto permitiría mantener viva la sensibilidad hacia lo no–tecnológico, como la naturaleza, el silencio o la contemplación. La tecnología no nos libera, nos esclaviza. No por la fuerza, ojo, sino por necesidad. Estamos ante una nueva forma de dependencia donde la tecnología ya no es un medio, sino un fin autónomo que dicta sus propias leyes.

Puede que el coche nos haya liberado de la tiranía de la distancia, pero luego nos ha encadenado al tráfico, a los seguros y a los precios del petróleo. El smartphone nos ha conectado con todo el mundo, pero luego nos exige que estemos siempre disponibles y siempre conectados. Nos mete propaganda y bulos por vía intravenosa, sin nuestro consentimiento.

Para Ellul, la propaganda no es solamente un conjunto de mentiras políticas; es el “alimento” necesario para que el individuo acepte el sistema tecnológico, sin por ello atacarse de los nervios. Es la herramienta que transforma la presión de la tecnología en una sensación de libertad. Toda una propaganda de Integración. En contraste con la propaganda política clásica que busca agitación, la propaganda tecnológica –o llámese publicidad– busca que te integres. Su objetivo es que las personas se sientan “como en casa” dentro de la maquinaria social, consumiendo y produciendo como si no hubiera un mañana. Lo peor es la necesidad del receptor de dicha propaganda. Vamos, que lo moderno es desear la propaganda. La vida en el sistema tecnológico es tan compleja, fría y solitaria que necesitamos que la publicidad nos dé una explicación simplificada del mundo y nos haga sentir que la vida tiene un propósito. Así de tontos somos: nos han de dar el propósito, no nos lo creamos nosotros.

La propaganda tecnológica no quiere que pensemos, sino que reaccionemos con reflejos condicionados. Crea mitos –como la “felicidad”– que se instalan en nuestro subconsciente colectivo. Cuando aparece una nueva app o artilugio, no evaluamos si es bueno, sino que reaccionamos pensando que es “necesario”. Y es que la propaganda es, en sí misma, una técnica psicológica para vincularnos con la tecnología. Utiliza la estadística, la sociología y la psicología para “ajustar” al ser humano al ritmo de la máquina y no al revés. Sin esa propaganda ya habríamos colapsado hace tiempo ante la deshumanización del trabajo y la vida moderna. Pero ojo: incluso la educación se ha convertido en toda una forma de propaganda diseñada para crear técnicos eficientes en lugar de ciudadanos críticos. Ahí también nos han metido un gol por toda la escuadra. Y luego nos sorprendemos de los resultados electorales.

Intenten hacer operaciones bancarias sin Internet. Intenten conseguir un trabajo sin correo electrónico. Se suponía que la tecnología nos ofrecería libertad, pero nos ha enjaulado en obligaciones invisibles y necesidades fabricadas. Ellul decía que la tecnología moderna es una fuerza definitoria de un nuevo orden social, en el que la eficiencia ya no es una opción, sino una necesidad. Y ha sido de forma subrepticia. Ni nos hemos dado cuenta, y eso que íbamos sobre aviso.

En otras palabras, no adoptamos la tecnología, la tecnología nos adoptó a nosotros, y ahora nos está criando a su imagen y semejanza. Traición con un triste destino. l

@Krakenberger