He llegado al trabajo con el ojo morado. En realidad, es algo más que un simple ojo a la virulé: es un hostión que ocupa una gran superficie de la parte derecha de la cara. Se observa algo de sangre en la ceja, una evidente hinchazón en la parte alta del pómulo y todo ello doloridamente tornasolado, con algún reflejo iridiscente producto del yodo. No puedo trabajar con las gafas de sol ante el ordenador, así que no hay manera de ocultar la huella de lo ocurrido. Todo son preguntas. ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has hecho eso? ¿Te encuentras bien?... Demasiados interrogantes para ser respondidos con la aburrida verdad, así que voy a construir varios relatos y ustedes deciden. Volvía a casa cuando me abordaron cuatro jóvenes particularmente musculosos con la intención de robarme y tuve que defenderme echando mano de mis conocimientos de jiu-jitsu. Paseaba por el parque de Arriaga cuando vinieron hacia mí tres señoras a toda velocidad pidiendo auxilio, perseguidas por decenas de perros a los que me enfrenté gallardamente. Corría hacia la cumbre del Gorbea cuando vi tropezar a un niño montañero y me lancé hacia el suelo para que cayera sobre mí y no sobre la roca. Regresaba a casa en bicicleta y, al bajar una acera y trazar una curva, perdí el equilibrio y caí fatal, que es como se cae a cierta edad.