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La foto

¿Alguien de ustedes encuentra interesante fotografiar a una persona muerta? ¿Y compartir la imagen en las redes sociales? ¿Y verla en una pantalla de bolsillo? ¿Qué mecanismo cerebral es el que lleva a un sujeto a considerar que esa fotografía puede llegar a despertar la curiosidad de su lista de contactos en el móvil y, por lo tanto, a disparar la cámara del telefonino? Si ustedes tienen un aparato con guachap sabrán de lo que hablo. El miércoles una mujer decidió quitarse la vida y se colgó de la ventana de un hotel de la ciudad. Poco después una imagen tomada desde la calle empezó a recorrer los teléfonos de miles de gasteiztarras, e imagino que atravesó las fronteras de nuestro pequeño territorio. Unas horas más tarde, otra imagen, esta vez más cercana, capturada desde una ventana del hotel cercana al cadáver, acompañó a la primera en su transitar por las redes inalámbricas, un camino truculento e idiota, un proceder que no dice nada bueno de la sociedad en que vivimos. Al llegar a casa ese día, mi hijo pequeño me preguntó si nos habíamos enterado en el diario de "lo de la foto". La imagen ya le había llegado, por supuesto, e intuyo que a otros muchos chavales también. Estupendo. Compartamos la muerte. Festejemos la cruel imagen. Qué asco.