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Mesa de Redacción El maestro, por Carlos González

Los humanos tenemos una manía detestable. Todos -da igual nuestras circunstancias- terminamos por morir. Muchos, la mayoría, dejamos una huella que no aparecerá en los libros de Historia y ni falta que hace. No somos menos, no somos prescindibles, no somos inocuos. En realidad, el relato del mundo sería diferente -poco o mucho- sin cada uno de nosotros, de los que fueron y de los que serán. Pero es evidente que hay unos pocos cuyo paso por la vida tiene un sello especial y no muchas veces para bien. Entre esos que parecen guardar algo mágico en su interior y que consiguen traspasar fronteras dando buenas noticias estaba el maestro Paco de Lucía. Seguro que en su balance habrá notas dadas en falso. Nadie es perfecto y menos en las cosas cotidianas de a diario. Siempre se cometen errores, sobre todo en el ámbito de lo más cercano. Y por supuesto que -y más a toro pasado- se pueden encontrar reproches en lo que fue su pasión y profesión, la música. Pero yo me quedo con aquella noche en Mendizorroza en la que se bajó del escenario para pecar fumándose un cigarro en el vestuario del polideportivo, vio a los profesores de la Juilliard con sus instrumentos, preguntó quiénes eran esos negros, les tocó dos acordes y todos se subieron al escenario.