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SE comenta en los corrillos maledicentes que cualquier alcalde que se precie intenta dejar un legado que lo recuerde en la posteridad. En esta ciudad, algo sabemos. Sobre todo de intentar, porque conseguir dejar es otra cosa. En realidad, no es por quitarles mérito a nuestros primeros ediles, la afición no les es exclusiva. De hecho, el asunto creo que viene de lejos. Los faraones se hacían pirámides, con bastante éxito de durabilidad por cierto. Los emperadores romanos levantaban foros, sospecho que para putear cualquier obra del alcalde de turno veinticinco siglos después (con ley de conservación del patrimonio histórico-artístico que saltarse con nocturnidad y alevosía). En definitiva, cualquier cargo público que se precie acaba sintiendo la tentación de compartir con su pueblo un legado que le recuerde. Por ejemplo, Carlos Fabra y el aeropuerto de Castellón, con escultura del prócer incluida, dos por uno. Pero hay cargos muy chungos. Es fácil dejar tu huella en una ciudad o en un país si eres ministro de Fomento, o concejal de Urbanismo, o consejero de Obras Públicas. ¿Pero qué pasa con esas carteras menos, digamos, materiales? ¿Qué pasa si eres ministro del Interior? Pues muy fácil, que te curras una ley que acabe llamándose como tú. Lo fundamental es ponerte el mundo por montera, ignorar cualquier consenso y violentar un poco -a tu criterio- algún derecho ciudadano. Así, la ley se acabará llamando Corcuera o Fernández, tanto da. Deben de enseñarlo en los cursillos de ministro, porque Wert lo ha conseguido y casi sin llegar al ecuador de la legislatura.