LOS que se quejan de que les hayan bajado el sueldo son unos idiotas. Los que han tenido que ajustarse el cinturón para evitar su despido o el de otros, o los que han sido echados y luego readmitidos a cambio de un sueldo menor porque era eso o la nada son tontos de baba y no se enteran de nada. Los que ya no llegan a fin de mes cuando antes sí lo hacían -y no gastan más ahora sino mucho menos- son estúpidos. Y cretinos son los que se indignan cuando escuchan alardear a Rajoy en Japón de lo atractivo que es ahora invertir en España gracias a su mano de obra barata. Los que ya no pueden irse de vacaciones son, primero, insolidarios con el sector hotelero y, sobre todo, unos necios de tomo y lomo. Los que han dejado de tomarse unas cañas y unos pintxos por las tardes y se refugian en casa al abrigo de la tele, además de majaderos, son traidores con los hosteleros. Lo mismo que los lelos que ya no salen de tragos por las noches. Por no hablar de los tarados que han optado por la cocina casera dejando de lado a los restaurantes. Aquellos que ya no cambian de coche así se caiga a pedazos no es que se hayan comprometido de repente con el medio ambiente, es que se han vuelto memos del todo. Y ni siquiera cogen taxis, los anormales de ellos. Cómo calificar a esas bobaliconas madres que se inventan bocadillos mágicos de rellenos imaginarios entre pan y pan o a los insensatos padres que llevan a sus hijos al colegio sin desayunar. Que los sueldos no han bajado, imbéciles, que han subido moderadamente. ¿Verdad, Montoro?
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