Las relaciones internacionales contemporáneas atraviesan una metamorfosis irreversible. Durante décadas, el diálogo entre Europa y el Sur Global se estructuró de manera vertical, jerárquica y estrictamente interestatal. Los ministerios de asuntos exteriores, las embajadas y los organismos multilaterales fijaban agendas globales que, con frecuencia, ignoraban las realidades de los territorios más vulnerables. Hoy, ese modelo de diplomacia de salón muestra signos de agotamiento. En este escenario de desconexión institucional emergen las perspectivas subestatales, trasladando el eje de acción desde las capitales nacionales hacia los municipios, barrios y movimientos sociales. Es en el tejido local donde los grandes problemas del siglo XXI —como la desigualdad extrema y la crisis climática— se manifiestan de forma urgente.

Bajo este marco de reflexión, las jornadas organizadas por la Fundación eAtlantic sobre “Europa y el Sur Global desde una perspectiva subestatal” se presentan como un foro imprescindible para repensar la cooperación internacional. El debate ya no gira únicamente en torno a macroacuerdos comerciales; la atención se desplaza hacia las dinámicas locales, los flujos de conocimiento de abajo hacia arriba y la constatación de que los grandes problemas del siglo XXI se manifiestan, sufren y combaten en las calles de las ciudades.

El encuentro analizó cómo el concepto de "Sur Global" deja de ser una mera coordenada geográfica o un indicador económico para transformarse en un espacio político de resistencia, innovación social y autoorganización, que no sólo resisten a las dinámicas de exclusión, sino que generan metodologías de participación ciudadana altamente eficaces que el “Norte Global” no debe ignorar. El espejo entre ambas realidades revela que los desafíos son compartidos y que las soluciones estructurales tal vez deberían estar gestándose lejos de las capitales financieras.

En este sentido, destaca uno de los testimonios de estas jornadas, el de Vitor Mihessen, cofundador y codirector de Casa Fluminense, una asociación brasileña que lleva más de una década transformando la militancia social en la región metropolitana de Río de Janeiro a través de la fiscalización de políticas públicas y el empoderamiento comunitario.

La perspectiva subestatal

Cuando la arquitectura institucional de un Estado central se vuelve inoperante o se ve lastrada por la “corrupción y la negligencia”, como en el caso de Río, el ámbito subestatal —regiones, municipios, barrios y colectivos vecinales— “emerge como el verdadero garante de la vida cotidiana” .

Frente a la parálisis de los gobiernos nacionales, las ciudades se erigen como los laboratorios idóneos para ensayar respuestas ágiles a problemas globales. La acción comunitaria demuestra una capacidad de resiliencia superior gracias a su proximidad con el territorio. En las periferias urbanas del Sur Global, donde la ausencia del Estado no es una anomalía sino una constante histórica, Mihessen destaca cómo “los liderazgos populares que habitan las ciudades, los territorios y las favelas son más inspiradoras” y poseen una capacidad de gestión que supera con creces a “la de los gobernantes formales”. Así, la sociedad civil ha tenido que diseñar sus propios mecanismos de gobernanza para cubrir derechos fundamentales como el transporte, el saneamiento y la seguridad.

Casa Fluminense

Para comprender la urgencia de este enfoque, Mihessen expone la cruda radiografía de Río de Janeiro, un territorio internacionalmente mitificado por su atractivo turístico y su etiqueta de "ciudad maravillosa", pero que esconde una inmensa brecha de desigualdad urbana.

El origen de Casa Fluminense se remonta al año 2013, “cuando había muchas organizaciones y colectivos de poblaciones que estaban en las calles manifestando su interés en participar en las políticas públicas, en las decisiones que serían tomadas acerca de nosotros, de nuestra vida", recuerda Mihessen. Coincidiendo con las masivas manifestaciones callejeras, la ciudad se preparaba para recibir dos grandes megaeventos: el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos. Aquel contexto presentaba el riesgo inminente de que las ingentes inversiones internacionales profundizaran la segregación urbana de Brasil en lugar de mitigarla.

Ante esto, Casa Fluminense nació para sugerir y exigir que los recursos se destinaran prioritariamente a las zonas y poblaciones más precarizadas, garantizando derechos básicos como el transporte público, la seguridad ciudadana, el saneamiento básico y la sanidad. Mihessen recuerda que el marco institucional de Río arrastra una “crisis de representatividad” histórica: “el sufragio universal de facto no se consolidó en Brasil hasta la Constitución de 1988, previamente, los mecanismos de poder estaban reservados para las élites”.

Esta herencia excluyente persiste en la actualidad, evidenciada por el hecho de que “los últimos siete gobernadores de Río de Janeiro han sido procesados, destituidos o encarcelados por corrupción”. Ante este vacío ético, la democracia representativa tradicional ha dejado de funcionar en la práctica para las mayorías, propiciando que otros poderes locales emerjan debido a la omisión deliberada y la negligencia del Estado.

Frente a este panorama de desamparo, Casa Fluminense se asienta en la construcción de una infraestructura ciudadana basada en datos rigurosos y metodologías científicas. Una de sus herramientas esenciales son los denominados “mapas de la desigualdad”. Estos mapas visibilizan variables crudas de desempleo, diferencias salariales, violencia urbana y la flagrante falta de acceso a infraestructuras básicas en las periferias, y permite estructurar toda su acción en torno a cuatro pilares: justicia económica, justicia racial, justicia de género y justicia climática.

Herramientas de empoderamiento ciudadano

Y, aunque las periferias de Río sean un ejemplo claro, el desencanto político y la desafección hacia las instituciones se da también en las barriadas obreras de las metrópolis europeas. Cada vez son más los ciudadanos que sienten que las políticas públicas se diseñan de espaldas a sus vidas.

Sobre cómo combatir esta apatía, Mihessen comparte las exitosas herramientas pedagógicas de movilización que implementa Casa Fluminense. Su curso popular de políticas públicas —un espacio de formación que desborda las capacidades del sistema académico tradicional brasileño, históricamente elitista y de difícil acceso para las clases populares— recibe una demanda abrumadora: cerca de 700 personas de las favelas y periferias se postulan cada año para ocupar apenas 30 plazas disponibles. Para garantizar la equidad, el proyecto cuenta con becas y apoyos económicos para el transporte, y se imparte directamente en los territorios periféricos por un equipo humano que comparte el mismo origen social que sus estudiantes. “Los estudiantes se ven identificados con la gente que organiza los cursos. Al haber cursos en los sitios de periferia, las agendas locales que salen de esas iniciativas son hechas por la gente que vive ahí. Se crea un sentimiento de pertenencia que llega después de ver su ciudadanía materializada en una agenda”.

El éxito de esta metodología se demuestra con hitos tangibles de transformación urbana que sirven de incentivo moral para otras comunidades de la región. Mihessen ilustra este potencial de cambio local con una experiencia vivida en su propio entorno vecinal: “En mi barrio hicimos un curso en la calle, sin electricidad, sin nada, con papeles, para crear la Agenda Realengo 2030. La primera sugerencia que hicimos fue que se creara un parque ecológico urbano en el terreno en el que estábamos haciendo el curso. Después de 2 o 3 años lo conseguimos, tenemos esta victoria para contar. Esa es una motivación para otras agendas y para otros territorios que también puedan ver sus sueños realizados, con su propia creación y participación”.

El aprendizaje de Europa

Finalmente, el análisis de Mihessen arroja la severa advertencia de que el primer paso ineludible que debe dar el “Norte Global” es abandonar la autocomplacencia y “reconocer las desigualdades, porque existen en todo el mundo”. Asimismo, insiste en la necesidad de sacudir y provocar de forma constante a las estructuras tradicionales de poder —la universidad, las corporaciones privadas y los gobiernos centralistas— para que abandonen sus enfoques puramente teóricos, cosméticos o corporativos y asuman responsabilidades estructurales mediante el fomento decidido del tercer sector.

El economista argumenta que es imperativo fomentar y poner en valor el tercer sector, dotándolo de recursos estables no solo para paliar crisis humanitarias o de emergencia inmediata, sino para transformar las estructuras de exclusión social de raíz. Provocar que las universidades investiguen las problemáticas que marginan habitualmente de sus planes de estudio, y exigir responsabilidades sociales a las empresas por los desequilibrios territoriales que generan, constituyen ejes compartidos a ambos lados del Atlántico.

El ejemplo más nítido de esta urgencia global se encuentra, para Mihessen, en la gestión de la crisis ecológica. Los conceptos de “injusticia climática” y “racismo ambiental”, resultan claves para reformular las políticas verdes europeas, que a menudo pecan de tecnocráticas, fiscales y desclasadas, ignorando el impacto social de la transición ecológica. “Cuando, por ejemplo, las lluvias caen y causan inundaciones, son las personas que ya están vulnerabilizadas las que más las sufren. A esto lo llamamos injusticia climática, porque estamos hablando de las personas que menos contribuyen a generar emisiones, que más usan el transporte colectivo, que no están normalmente en las industrias y no están promoviendo prácticas de deforestación, entonces son los que menos contribuyen a las emisiones populares, pero cuando las lluvias llegan son las que más sufren”, concluye Mihessen de forma tajante.

La lección que el Sur Global traslada a las jornadas de la Fundación eAtlantic es clara y contundente: el diseño de las políticas públicas, tanto en América Latina como en Europa, no puede realizarse de espaldas a los mapas de la desigualdad económica y racial. La perspectiva subestatal, encarnada en liderazgos populares y en el trabajo a pie de calle de redes como Casa Fluminense, demuestra que la democratización de las decisiones locales y la participación ciudadana activa son las herramientas más eficaces para transformar el desencanto político en victorias colectivas sobre los grandes problemas globales.