Para los que no hemos encendido un pitillo en nuestra santa vida, todavía sigue siendo –aclaro que de vez en cuando– una pequeña pesadilla ir a la piscina/playa o tomarte una caña en una terraza. Seremos unos intransigentes, unos bichos raros y lo que ustedes quieran, pero resulta tremendamente desagradable estar al aire libre aguantando un calor de mil pares de narices y a la vez tener que tragarte el humo del fenómeno/a que se sienta al lado tuyo. Algunos tratan de que no nos llegue a los demás y se les aplaude porque entienden nuestra situación, pero otros pasan olímpicamente del tema por mucho que les mires. Es la pelea de casi siempre con un perdedor claro. Y todo ello por no hablar de lo asqueroso de las colillas en el césped/arena al lado de la toalla o en la suela de la zapatilla. Al final, no se trata solo de una cuestión de olores o de ropa que termina apestando a tabaco; es una falta de comodidad y un impacto directo en la salud de quienes hemos elegido no fumar, pero estamos obligados a convertirnos en fumadores pasivos en nuestros momentos de ocio. Las instituciones públicas disponen de diversas herramientas normativas y educativas para erradicar estas actitudes, pero hasta que realmente cojan el toro por los cuernos habrá que aguantar de manera estoica.
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