Uno pensaría que con las ingentes cantidades de dinero metidas en el Mundial se verían cada vez menos chapuzas en la competición pero, como dice el refrán, muchas manos en un plato hacen mucho garabato. A la selección de Inglaterra le pilla un tornado; Fox pone anuncios incluso con los jugadores en el campo; Take Kubo se lesiona la rodilla jugando contra Países Bajos e igual está ausente durante tres semanas; Canobbio, jugador de Uruguay, descubre que el VAR está en el bar cuando un jugador de Arabia Saudí le clava los tacos en la rodilla, el árbitro le dice que no es falta y que se los lleve de recuerdo; las selecciones más desfavorecidas dan la sorpresa al empatar; iraníes a favor y en contra del régimen se enfrentan en las gradas y, para poner la guinda en el pastel, la FIFA estafa a todo el que puede subiendo los precios artificialmente y cambiándole los asientos a los espectadores tras comprarlos. Ninguna de estas cosas le quita la magia al torneo más importante del fútbol, pero son estas las historias que llaman la atención a los que, como yo, no nos interesa mucho el deporte profesional. Los goles me dan igual, pero la intrahistoria de un Mundial en el que el huésped se lleva mal con todo el mundo es simplemente fascinante.