Pues me van a tener que perdonar, pero creo que mi alavesidad se ha visto resentida por el agujero que se está agrandando en mi monedero, que ya parece un sumidero por lo rápido que desaparecen los dineros que guardo en él y que tanto me cuesta atropar. Les cuento. Como cada año por estas fechas, la tentación pudo conmigo y me encaminé a mi mercado de referencia para comprar unos perretxikos con los que venerar a los patrones que tanto lustre dan a las fiestas de Álava. Encontré lo que quería. De color y textura perfectas, un olor embriagador y un origen con pedigrí. No obstante, la perfección no existe. Lo pude comprobar in situ. Mi arrobamiento desapareció como por arte de magia tras constatar que la montonera de esta seta de primavera tan maravillosa y que cumplía con todos mis estándares de idealización estaba parapetada tras un precio de esos que te hacen reflexionar sobre la profundidad del universo y que a mí logró disuadirme de mis intenciones adquisitivas. Ahora bien, a rey muerto, rey puesto. Decidí sustituir una de las tradiciones gastronómicas con más calado del territorio por otra compra con menos brillo, pero que a mí me solucionó la cena: una bandeja de champiñones. En fin, espero que el santo meón no me lo tenga muy en cuenta.