En 2001, tras aquellas elecciones convertidas en duelo entre Juan José Ibarretxe y Jaime Mayor Oreja, José María Aznar –entonces presidente del Gobierno– hizo un célebre análisis de la derrota: la sociedad vasca no estaba “lo suficientemente madura para recibir el mensaje del cambio”. Es lo que me ha venido a la mente cuando he escuchado a María Corina Machado proclamar: “Yo sí espero que España pueda tener muy pronto la oportunidad de tener unas elecciones impecables”. El subtexto de estas afirmaciones es claro: no hay derrota electoral, hay una sociedad inmadura o unas elecciones “imperfectas, defectuosas, sucias”, que son los tres antónimos que el diccionario de la RAE propone para impecable. El objetivo es también desviar la responsabilidad de esa derrota que no existe y, si hay suerte, sacar rédito de ello. Estamos en unos tiempos de neolengua en los que libertad es tomarse una cerveza, así que tampoco pueden extrañarnos ciertos malabarismos argumentativos. La inevitable duda que surge de lo impecable es intentar explicar las últimas casi cinco décadas de elecciones no impecables en esta demarcación territorial, con mayorías absolutas de unos y de otros incluidas. A ver si va a resultar que el concepto de lo impecable es menos impecable de lo que aparenta.
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