Mi falta de paciencia, en ocasiones, es providencial. Quien me conoce, sabe que de la mansedumbre aparentemente natural de mi personalidad puede surgir una ferocidad explosiva si se toca la tecla adecuada. La última vez que me ocurrió fue hace unos días mientras intentaba coger un transporte público para hacer una pequeña excursión. En la cola creada para ser atendidos por un humano en las taquillas no virtuales, había dos personas que, por lo visto, no entendían el concepto. Para sacar un billete, la primera de ellas relató con todo lujo de detalles su vida, obra y milagros y sus gustos a la hora de disfrutar de su tiempo de asueto en Benalmádena. Fueron 23 minutos de reloj, y nada le importó al usuario que, detrás suyo, los sonoros resoplidos del resto de usuarios se oyeran en la otra punta de la estación. La cara de la trabajadora encargada de la atención empezaba a ser un poema cuando llegó el turno de otro usuario. En este caso, tenía mil y una consultas para posibles conexiones para un viaje de dentro de seis meses. Pese a que se le comunicó la imposibilidad de hacer reservas con tanta premura, siguió y siguió con una retahíla que amenazaba ruina. Fue ahí, con mi viaje casi perdido por la imposibilidad de sacar billete, cuando me arrepentí de formar parte de la Humanidad.
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