En Estados Unidos utilizan un acrónimo para referirse al modo de proceder de Donald Trump: TACO o Trump Always Chicken Out, algo así como Trump siempre se acobarda. La técnica consiste en poner patas arriba cualquier ámbito destrozando todas las líneas rojas imaginables sobre la base de posiciones maximalistas y declaraciones hiperbólicas para después, un segundo antes de que todo reviente, dar marcha atrás y vender como una victoria lo que no es sino una rectificación. Ocurrió con la guerra arancelaria y vuelve a ocurrir con la guerra de Irán. Trump tuvo el martes al planeta en vilo, paseando al filo el abismo. “Toda una civilización morirá esta noche para no volver jamás”, dijo. El nivel de esta amenaza es tal –en boca del líder de la gran potencia mundial y otrora guardián de las esencias de las democracias occidentales– que el foco en esas horas viró hacia el posible uso de armas nucleares, la posibilidad de que los militares estadounidenses debieran desobedecer unas órdenes que según muchos expertos incurrirían en crímenes de guerra y las voces en su país para activar el proceso de destitución del presidente. Ni 24 horas después, Trump hablaba de “un gran día para la paz mundial”, tras un pacto que ni siquiera ha logrado reabrir Ormuz y sobre el que pesan todas las incertidumbres, incluida la de Líbano. El mundo respiró aliviado por unas horas tras asomarse al cataclismo... hasta la próxima.
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