Me alegra ver cómo progresa el vehículo eléctrico, como mejora en prestaciones y, poco a poco, se va quitando la muletilla para dejar de decir “es bueno para ser un coche eléctrico” y simplemente decir “es un buen coche”. Lo que no me alegra tanto comprobar como se pierde todo aquello que hace de los vehículos viejos un desafío a la hora de conducir. Aprender a manejarse con las marchas manuales, jugar con el límite del embrague antes de calar el coche, afinar el oído lo suficiente para notar pequeños cambios en el sonido del motor... Son ese tipo de detalles los que convierten la conducción diaria en una habilidad tan poco apreciada como satisfactoria. Cuando un medio evoluciona, todas esas pequeñas imperfecciones que volvían locos a sus usuarios -como los artefactos visuales del VHS o el sonido de fondo de la aguja de un vinilo- se vuelven apreciadas y, por eso, es razonable preguntarse si, en un futuro cercano, veremos modelos eléctricos “clásicos” que tengan marchas manuales sin necesidad para ello, altavoces que reproduzcan el sonido del motor que cada uno elija como si fuera un coche de gasolina -pasando primero por caja- e, incluso, con menos ayudas para dar una experiencia de conducción “más auténtica”.