Aver, es evidente que no soy el más capaz del lugar. Lo que ocurre es que, en comparación con según quién, puedo parecer un lumbreras y aspirante al premio Nóbel. Supongo que les ha pasado. Me refiero a lo de creerse la mismísima reencarnación de Albert Einstein y sentirse desaprovechado por la sociedad. A mí, sí, aunque la vida acostumbra a poner a cada cual en su sitio, y aquí estoy, lejos de la NASA o de la ebullición emprendedora de los gigantes empresariales de Palo Alto, Estado de California. Escribo estas cuatro letras con fines catárticos y casi curativos, ya que con el paso de los años juntando letras, que son demasiados como para evocarlos con dignidad, han pasado por mi vida profesional centenares de personas con poder real y otras muchas con poder ficticio. Entre todos ellos, siempre, pero sin ninguna excepción, los más peligrosos han sido quienes desde un trampantojo ataláyico se comportaban como si fueran Maquiavelo cuando apenas llegaban al rango de Pepe Gotera. Supongo que este perfil existe como síntoma de la decrepitud de la Humanidad, encaminada sin remedio hacia su autoextinción toda vez que los preceptos de la Ley de la Evolución han pinchado en hueso en esta especie presuntamente inteligente.
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