En ocasiones, contemplar la Historia solo sirve para enojarse. Esta semana se ha cumplido medio siglo de la matanza perpetrada en Zaramaga, en la que asesinos con uniforme, cumpliendo órdenes de señores con corbata, descerrajaron sobre miles de trabajadores munición de sobra como para iniciar una guerra. Lo único que consiguieron fue encender la chispa que acabó con las intenciones de perpetuar el franquismo institucional –el sociológico, me temo, es inherente al ADN de una parte sustancial de este Estado–. La sangre y las víctimas, todas, cayeron del mismo lado: del de los inocentes que solo pretendían defender sus derechos sociales en una época en la que los más humildes tenían problemas para comer todos los días. La impunidad, desde luego, se alió con quienes ejecutaron a los obreros y con quienes tutelaron la represión desde unos despachos que hoy –tanto como ayer y mañana– siguen blindados ante los requerimientos de Justicia. Supongo que el peso del relato ya no deja lugar a dudas sobre lo que sucedió, pese a los intentos denodados por ocultarlo bajo un gran velo de infamias alentadas desde los aparatos del Estado oculto, ese que no se ve pero que sigue y seguirá ejerciendo el poder de verdad. A partir de ahora, el camino parece claro: fortalecer la memoria colectiva.
- Multimedia
- Servicios
- Participación