Tuvimos una época, sobre todo antes de que el bicho hiciera acto de presencia, en la que en los entornos de nuestro querido templo del cortado mañanero se abrían fruterías como si no hubiera un mañana. Lo que tenía fascinados a los viejillos era, no obstante, que todas estaban llenas a todas horas, sobre todos los domingos cuando se supone que las puertas no deberían estar abiertas. Pero ya se sabe, nunca se puede quedar uno sin el plátano de turno. Pasada la pandemia, alguna cerró, pero, en general, la mayoría aguantó el tirón y hay alguna calle de la zona en la que pasar por la acera entre tanta caja de kiwis y tomates es como participar en los Juegos Olímpicos de Invierno. Pero en los últimos tiempos estamos viviendo otro fenómeno que no estaba en los planes. Cada día que pasa, alguien nos habla de que ya ha abierto otra barbería más. No tenemos claro que haya tanto pelo para tanta oferta, más que nada porque la mayoría de los viejillos del bar, y también unos cuantos jóvenes, estamos con la cabeza como una bola de billar. Pero parece que la clientela no falta porque hay movimiento a todas horas. Nuestro amado escanciador de café y otras sustancias vive estos fenómenos con el corazón dividido. Por un lado, nadie abre un bar. Pero por otro, los locales del barrio no se quedan vacíos.
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