Me conmovió hace días una pobre señora tocando una y otra vez el claxon de su coche a escasos metros de casa. Tan solo imploraba que el (iluminado) repartidor de una empresa tecnológica que había aparcado en doble fila delante suyo dejara el paquete y pudiera despejar su camino. Sin embargo, fueron pasando los minutos sin que ese fenómeno –por ser educado– hiciera acto de presencia. El molesto ruido de la bocina hizo que varios curiosos nos agolpáramos en las ventanas para ver qué sucedía. Todos nos apiadamos de ella para que la pesadilla llegara a su fin. Calculo que pasaría media hora hasta que el listillo dio con sus huesos allí. Ni venía apurado ni nada por el estilo. Más de uno le lanzó algún improperio porque la cosa pasó de castaño oscuro, pero él ni se dio por aludido ni hizo algún gesto de perdón. Quizás si hubiera sido yo el afectado, la cosa podía haber acabado como el rosario de la Aurora, pero la señora mantuvo la tranquilidad. Las malditas dobles filas en la calle principal de Zabalgana son una estampa que se repite a diario causando unas evidentes molestias a los residentes. En lugar de castigar a los padres que estacionan el coche como pueden al dejar a sus hijos en el colegio, los municipales podrían pasarse más a menudo por este barrio. Fijo que se pondrían las botas.
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