Será por dinero. Esa es mi frase favorita cuando trato de adelantarme a mis competidores a la hora de abonar una consumición en un local de hostelería. Es una demostración de fanfarronería inocua, entre iguales, y propia de momentos de ocio. Sin embargo, el otro día me dio por pensar –raro en mí–. Tal incremento de la actividad neuronal tuvo como incitador y, más tarde, como catalizador, la lectura de una estadística en la que se hacía referencia a cómo se había ensanchado el coste de la vida (disparado) en relación a la capacidad económica de las familias (anclada en los denominadores de salida). Supongo que en rasgos generales, la sociedad no es consciente de lo mucho que se ha quebrado la cohesión en su seno. Las diferentes crisis, tantas que ya no soy capaz de enumerarlas, no han hecho más que empobrecer a una parte importante de la ciudadanía y abrir la brecha entre los que más tienen, que han seguido sumando tangibles e intangibles a la buchaca, y los que menos tienen, que a veces no atropan ni para poder dormir bajo un techo. Así están las cosas y, a falta de remedios milagrosos que acoten y solucionen esta realidad, que de llegar, tardarán decenios en ser efectivos, me consta que para mucha gente, sí que es por dinero.
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