Dice el diccionario de la RAE que la palabra caos proviene del griego cháos, es decir, abertura, agujero. “Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo, uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole y no otra cosa sino peso inerte”, escribió Ovidio en su Metamorfosis. Vivimos en el caos, me temo. El presidente de Estados Unidos afirma que solo se somete a su propia moralidad: “Es la única cosa que me puede parar (…). No necesito el derecho internacional”. El mundo como lo hemos conocido desde el fin de la II Guerra Mundial ha cambiado, es una obviedad. En la agenda geopolítica actual ya no caben términos como el multilateralismo, la diplomacia o, quién lo iba a decir, la democracia. Siendo honestos, no es que ese mundo en extinción haya sido un dechado de virtudes; seguramente parte de lo que está ocurriendo tenga que ver con sus manifiestas imperfecciones. Pero, al margen de esto, el mundo, en algún momento, ha decidido consagrarse a la ley del más fuerte. Lo ha hecho olvidando o ignorando, sospecho, el porqué de esas reglas de juego, de dónde venimos, de qué siglo XX venimos. Así que no puedo evitar esa sensación de caos, de esa ruda y desordenada mole que describió Ovidio en la que sospecho que nos estamos enterrando.