Ahí donde me ven, y pese a las apariencias que gasto de Ciro di Marzio, referencia de la Camorra napolitana en Secondigliano y Scampia dentro de la televisiva Gomorra, soy más tierno que Bambi. Es cierto que en ocasiones, más a menudo de lo que me gustaría, las circunstancia obligan y la lengua se me desata con palabras aptas para la gestión de un rebaño de cabras y no para el trato con iguales. Procuro que esos instantes sean la excepción y no la regla, ya que creo firmemente en la educación como arma en el marco de las relaciones personales, lleguen estas en el ámbito que lleguen. Bien es cierto que esta sociedad que hemos ayudado a montar entre todos lleva a cada uno a defender su pequeña parcela con uñas y dientes. También con la palabra. La competitividad y los intereses propios, muchos, variados y, en ocasiones, bastardos y desconocidos, tienden a influir en el uso del lenguaje en modos y formas que deshumanizan a interlocutores y facilitan el insulto, la provocación, el menoscabo y la vacuidad estudiada. Fíjense en lo que ocurre en casas de la palabra, como el Congreso o el Senado, sin ir más lejos, convertidas ya en verdaderos prostíbulos de la oratoria por tipos que, además, parecen gustarse mucho a sí mismos. Supongo que aquí viene como anillo al dedo aquello de ante palabras necias, oídos sordos.
- Multimedia
- Servicios
- Participación