Tengo el brazo derecho que se asemeja a una vista aérea de una circunvalación urbana plagada de farolas. Un mosquito ha tenido a bien fijarse en mi extremidad para darse un festín nocturno. Lo ha hecho casi con geometría de delineante, picoteando en línea recta y de manera equidistante desde la axila hasta el codo, dejándome la piel, blanca como la leche fruto de mi pánico al sol, decorada al gusto del dichoso díptero nematócero. Yo, que alardeaba de mi presunta capacidad para espantar a los insectos, ahora sufro las consecuencias de intentar dormir con las ventanas de mi habitación abiertas de par en par en busca de una brizna de brisa con la que combatir el efecto sauna que padece mi domicilio, afectado, como el de todos, por la sempiterna ola de calor instalada sobre estos lares que antaño alardeaban de veranos, sino frescos, sí menos maleados por el sol que en el resto de la península. En fin, que dadas las circunstancias, ya he bajado a la farmacia a equiparme con todo tipo de repelentes, cremas reparadoras y similares no sea que el truhan que me ha elegido para ensañarse, regrese a terminar lo que inició la otra noche. Supongo que son gajes de la temporada, de las circunstancias y de las necesidades de una fauna también aquejada por el calor.