No había cumplido un año de vida cuando el 1 de enero de 2002 se publicó Cara Robada. En 1996, Latifa era una joven de 16 años que soñaba con estudiar periodismo, viajar y enamorarse. Después, los talibanes llegaron al poder y el resto es historia. Por pura coincidencia compré el libro justo antes de que ellos volvieran al poder y leerlo fue la experiencia más sombría que recuerdo con un libro. En aquellas páginas impresas hace 19 años Latifa me adelantaba las medidas que tomarían los fundamentalistas en 2021. Sabía lo que iba a pasar, y lo que iba a pasar era terrible. Terminé el libro y se aprobaron medidas más draconianas todavía. Las prohibieron, por ejemplo, ser vistas desde una ventana. No me gusta usar casos extremos como ejemplo porque es muy fácil caer en el sensacionalismo, pero no puedo estar tranquilo sabiendo que, si mi suerte hubiera sido otra, pensaría que es correcto que mi madre siempre oculte su rostro fuera de las cuatro paredes en las que estaría recluida. Pensaría, en definitiva, que es normal que un país entero le robe la cara. Por eso, días como el 8M nunca perderán su importancia, porque las cosas sí pueden ser mucho peores, los derechos sí pueden ser arrebatados y ningún esfuerzo por defenderlos es en vano.
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