Las casas deben ser refugio, ese lugar en el que cada uno se sienta seguro y protegido. Para ello, deben cumplir unas condiciones mínimas y una de ellas tiene que ver con el ruido. Si se mantiene en el tiempo, este deja de ser una molestia pasajera para convertirse en una cuestión de salud; y es que la contaminación acústica está detrás de problemas como alteraciones del sueño, estrés e incluso dificultades de concentración.

En una vivienda hay ruidos aéreos -voces, música o televisores que atraviesan paredes-, de impacto -pisadas, golpes o arrastre de muebles desde el piso superior- y ruido exterior, que llega desde la calle en forma de viento, tráfico, obras o procedente del ocio nocturno.

Si la vivienda no está bien aislada, los días ventosos pueden resultar especialmente incómodos. El viento golpea las ventanas, se cuela por las rendijas y hace vibrar las persianas provocando un molesto sonido hasta hasta el punto de dificultar el descanso.

Aislamiento con lana de roca durante la reforma de una habitación.

Ventanas

Cada ruido tiene su particular vía de entrada en la vivienda, pero hay un punto débil común para todos ellos y son las ventanas. En muchos casos es posible insonorizarlas sin necesidad de cambiarlas ni de meterse en grandes obras. A menudo basta con prestar atención a los pequeños detalles.

El primer punto a tener en cuenta es el sellado. Las rendijas, por mínimas que sean, permiten el paso del sonido y sellarlas con silicona, masilla o burletes puede marcar una diferencia notable. Lo mismo ocurre con el cajón de la persiana, un clásico olvidado por donde se cuelan tanto el aire como el ruido.

Un trabajador aplica silicona para sellar el marco de una ventana.

Otra solución sencilla es colocar láminas aislantes sobre el cristal. Son transparentes, no quitan luz y ayudan a amortiguar el sonido exterior. Y si se quiere dar un paso más, se puede instalar una doble ventana -sin sustituir la que ya existente- de forma que se crea una cámara de aire que actúa como barrera acústica.

A todo esto se añaden elementos cotidianos que, aunque no hacen milagros, también suman. Las cortinas gruesas o acústicas, bien colocadas y hasta el suelo, absorben parte del ruido. Las alfombras reducen la molesta reverberación dentro de la estancia, e incluso las plantas, especialmente las de hoja densa, contribuyen a dispersar las ondas sonoras.

Insonorización de la vivienda

Ahora bien, si el problema del ruido es generalizado, conviene pensar en el conjunto de la vivienda. Insonorizar una casa implica actuar sobre paredes, techos y suelos. Existen soluciones relativamente accesibles, como paneles acústicos, láminas aislantes o materiales como la lana mineral, el poliuretano o el corcho, que ofrecen buenos resultados sin necesidad de realizar grandes reformas. En muchos casos, añadir un revestimiento interior a una pared o colocar un falso techo puede reducir de forma significativa el ruido procedente de los vecinos.

Eso sí, hay que asumir que es difícil conseguir un aislamiento total. Lo habitual es combinar varias técnicas y adaptarlas al tipo de ruido que se quiere combatir porque no es lo mismo el tráfico constante que las pisadas del vecino de arriba.

El resultado, en cualquier caso, merece la pena. Vivir en una casa bien insonorizada cambia la percepción del espacio, se gana en tranquilidad, mejora el descanso y disminuye esa sensación de estrés que provoca el ruido continuo. Y es entonces cuando el hogar recupera su función básica de ser un refugio y nos hace ver que gastar dinero en un buen aislamiento de la casa no es un capricho, sino una inversión en bienestar.