"Al ser migrantes, sentimos mucha pena por lo que dejamos y por todo lo que nos perdemos, pero pienso que vale la pena”. Con estas palabras comparte Yulimar Carolina Sifontes Cardozo su testimonio como persona de protección internacional en el programa de Cruz Roja. Esta mujer venezolana de 45 años llegó a Vitoria-Gasteiz y se incorporó al programa de asilo en fase de acogida el 18 de agosto del año pasado, donde comenzó su itinerario de inserción sociolaboral en un país situado a 7.000 kilómetros de su origen.

A lo largo de su estancia en el programa, Yulimar ha afrontado diversas dificultades relacionadas con la convivencia y otras situaciones personales propias del proceso de acogida. Quienes la conocen de cerca subrayan que siempre ha demostrado “una notable capacidad de adaptación” y que su actitud ha sido en todo momento “positiva, respetuosa y empática, manteniendo una colaboración constante con el equipo técnico”.

Antes de llegar a Gasteiz, pasó una semana en un refugio de Derio hasta que recibió una llamada notificándole que había una plaza disponible en Vitoria dentro de este programa. “Al principio no quería porque tenía ciertas dudas, hasta que me explicaron cómo iba a ser. Siento que tengo un vínculo muy bonito con Adrián, la persona que me recogió en la estación de autobuses”, rememora.

“Me siento agradecida en todos los sentidos, el apoyo de Cruz Roja es como mi familia”

La propia Yulimar destaca, en una conversación con este periódico, que Cruz Roja ha sido su “gran apoyo” durante el último año: “Es mi segundo hogar y el apoyo más grande desde que estoy aquí”. Tanto es así que, pese a haber superado el programa, sigue contribuyendo como voluntaria. “Sin el apoyo de Cruz Roja no hubiese podido llegar tan lejos, porque es difícil llegar a otro país donde, aunque hablemos el mismo idioma, es otra cultura. Tienes que aprender las normas, saber dónde hacer tus trámites, y todo lleva su proceso”, reflexiona.

Superación constante

Si por algo destaca esta mujer –y el personal de Cruz Roja enumera muchas virtudes– es por su capacidad para superar retos y crecer cada día. En cuanto se activó su permiso de trabajo, inició de forma inmediata una búsqueda activa de empleo que dio resultados en poco tiempo: fue contratada a través de una empresa de trabajo temporal (ETT) en un centro de fisioterapia de Vitoria. Además, desde su llegada al país ha obtenido el certificado de profesionalidad de nivel 3 en Organización y Gestión de Almacenes, un título que complementa su formación como técnica universitaria en administración industrial, carrera cursada en Venezuela que carece de equivalencia oficial en el Estado español.

Al ser preguntada sobre cómo le ha cambiado la vida en el último año, Yulimar no puede esconder las lágrimas. “Si alguien me hubiese dicho en esta fecha que mi vida iba a cambiar tanto, no lo hubiese creído”, admite. “Vivía en un estrés constante, no tenía calma en mi vida. Ahora me siento agradecida en todos los sentidos y siento que el apoyo de Cruz Roja es como mi familia”.

“Sentimos mucha pena por lo que dejamos y por lo que nos perdemos, pero vale la pena”

Su motivación es clara: “Hacer mi trabajo, ser buena persona, mantener mis valores y, por muy difícil que se ponga la vida, seguir siempre siendo como soy”. Y su mirada al futuro, a un horizonte de cinco años, mezcla ambición y ternura. “Me veo en Vitoria”, afirma categórica. “Me veo con un trabajo, con una vida en pareja, con independencia, logrando todas mis metas, pudiendo ayudar a mi familia y trayendo a mi mamá a que me visite”, señala. También sueña con viajar a Alemania para conocer al hijo de su sobrino, al que considera como un nieto.

Sin embargo, como tantas personas que construyen un proyecto de vida lejos de su país, Yulimar busca refugio en el trabajo y en la actividad cotidiana para no dejar espacio a la melancolía. “Me gusta ocuparme de muchas cosas porque no me gusta estar sin hacer nada. Hay una parte que siente nostalgia, que siente un poco de tristeza y, al ser migrante, siento mucha culpa por lo que dejamos y por todo lo que nos perdemos. Pero pienso que vale la pena”, concluye esta mujer cuya trayectoria es un ejemplo del proceso de inserción que lleva a cabo Cruz Roja.