Brotes verdes en el campo de Álava, pero no los suficientes
20 mujeres de menos de 45 años son titulares de explotaciones entre los socios de UAGA. La ganadera María Cabeza y la viticultora Loyola Martínez de Cañas plantan la semilla para crecer en igualdad, cohesión territorial y soberanía alimentaria
Los brotes verdes en el campo alavés están ahí, pero todavía no son los suficientes. Y para muestra, las cifras de titulares de explotaciones de menos de 45 años, entre los asociados de UAGA, el sindicato agroganadero alavés, que registran un centenar de chicos jóvenes. Sin embargo, ellas apenas son una veintena.
De ahí que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) declarara que 2026 es el Año Internacional de la Agricultora para subrayar su papel. Doce meses que se ponen más de relieve que nunca en fechas tan significativas como la de este8 de marzo, día internacional de la mujer.
La ganadera de Oiardo, María Cabeza, y la viticultora de Villabuena, Loyola Martínez de Cañas, son dos de estas socias de UAGA menores de 45 años que están plantando la semilla en este territorio para crecer en igualdad, en equilibrio territorial y en soberanía alimentaria.
La Diputación Foral de Álava se ha sumado a la conmemoración del 8 de marzo, reafirmando su firme compromiso con la igualdad efectiva entre hombres y mujeres
En Oiardo
En el pueblo de la cervecería Baias, María Cabeza, de 38 años, tiene a una treintena de “rubias de montaña”, como se conoce a estas vacas de raza pirenaica, que usa para carne, de porte majestuoso y color trigueño.
Parece que lleve toda la vida con ellas, pero, en realidad, “tenía 35 años cuando empecé como ganadera con explotación propia, así que realmente llevo poco tiempo. Anteriormente, estuve trabajando en una explotación ovina durante cuatro años y unos años antes ya había estado con ganado aunque no me dedicara a ello directamente”, recuerda.
Sin embargo, no mamó esta profesión desde pequeña, porque “no venía de familias de ganaderos”. Lo hizo por amor. Primero, a su pareja, y luego, a ellas, las vacas.
“El primer contacto que tuve con el sector fue cuando conocí a mi pareja, hace once años, que es ganadero. Trabajando en la quesería y viendo a diario la vida rural de cerca, me terminé de enamorar y la verdad es que no me costó mucho dar el paso y dedicarme a ello porque creo que a pesar de ser un trabajado duro, es muy gratificante”.
Y eso que no tenía nada que ver con sus estudios de Administración y Finanzas, de los que estuvo trabajando de ello algunos años, “pero ahora lo pienso y creo que no podría volver a trabajar metida en una oficina tantas horas”.
Cabeza es una rara avis dentro de la ganadería alavesa. “No conozco a muchas compañeras que se dediquen a lo mismo que yo, pero, casualmente, por la zona donde vivo sí que hay varias ganaderas. En Oiardo, concretamente, que es un pueblo bastante pequeño, somos tres”.
“No conozco a muchas compañeras que se dediquen a lo mismo que yo, pero, casualmente, por la zona donde vivo sí que hay varias ganaderas. En Oiardo, concretamente, que es un pueblo bastante pequeño, somos tres”.
Lo que más cuesta arriba se le hace es estar pendiente de sus reses todos los días de año porque “es durísimo, pero diría que lo más duro es vivir con la incertidumbre de los precios, la climatología, las enfermedades, aumento de costes de producción...”.
"Parece que cuesta el doble de esfuerzo demostrar mi valía profesional, pero, por suerte, todo esto está cambiando. Las nuevas generaciones tienen ideas muy distintas, con una mente mucho más abierta y sin tantos prejuicios”
Y el hecho de que sea mujer en ocasiones, “quizás parece que cuesta el doble de esfuerzo demostrar mi valía profesional, pero, por suerte, todo esto está cambiando. Las nuevas generaciones tienen ideas muy distintas, con una mente mucho más abierta y sin tantos prejuicios”.
Tiene tres hijos pequeños, pero a la hora de conciliar, “nos amoldamos bien, podemos ajustar nuestros horarios de trabajo a ellos, pero la verdad es que echamos de menos poder pasar más tiempo en familia, como pueden ser los fines de semana o vacaciones”.
No obstante, su sector también tiene muchas cosas buenas. Entre ellas, la de trabajar en la mejor oficina: “Poder disfrutar de la naturaleza y nuestro entorno, junto con la satisfacción de producir alimentos esenciales. Además, personalmente, me gusta que ningún día sea igual que el anterior, no hay monotonía en este trabajo”, destaca.
Por eso, “animaría a más mujeres a iniciarse en esta maravillosa profesión, si realmente les gusta. Empezar de cero es muy muy difícil, pero si se tiene un buen respaldo, yo las animaría sin ninguna duda. Es un sector que está en continuo cambio y el futuro, con los avances que está habiendo, seguramente será fascinante”.
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En Villabuena
En Villabuena, Loyola Martínez de Cañas, de 32 años, lleva la explotación familiar de las viñas. La uva blanca la vende a Bodegas Ostatu, en Samaniego, y la tinta a Izadi, radicada en su pueblo.
“Algunas mujeres que se dediquen a ello en la comarca sí que hay, pero de mi edad menos. Mayoritariamente son hombres”, explica esta joven tras parar su verde tractor John Deere en la viña para atender a DNA.
Tenía 24 años cuando se dedicó a ello de manera profesional, porque antes estudió Trabajo Social en Vitoria, “que no tiene nada que ver con esto”.
“Mi padre se ha dedicado toda la vida a llevar las viñas. Como en el caso de cualquier autónomo, se implica a toda la familia en el proceso. He ido siempre con él, en vendimias y en todo. Siempre le estaba ayudando. Tanto cuando él tenía la bodega (la de Araico, que llevaba con tres hermanos) y elaboraba vino, como cuando la dejó y solo se dedicaba a las viñas”.
“Mi padre siempre nos ha dicho que las viñas no se van a mover de sitio, que siempre van a estar aquí, así que ‘tú estudia, que es lo importante’”.
Fue él el que la animó a estudiar lo que quisiera. “Siempre nos ha dicho que las viñas no se van a mover de sitio, que siempre van a estar aquí, así que ‘tú estudia, que es lo importante’”.
Y también, que si algún día decidía volver, estaría encantado. Y eso es lo que hizo. Cuando acabó la carrera y vino a casa: “Fue cuando mi padre tenía un chico que le ayudaba todo el año y se jubiló. Y le dije, ya te voy a ayudar yo y vamos sacando esto un poco adelante. Íbamos los dos, hasta que al final él también se jubiló y me quedé aquí”.
Lo hizo “por circunstancias de la vida”. “La gente que me conoce desde niña, sabía que me iba a dedicar a esto y que acabaría volviendo, pero yo nunca lo tuve claro”.
Y en una profesión eminentemente masculina, por lo que de comentarios despectivos o que la cuestionaran por ser mujer no se ha librado, porque “el machismo, mal que nos pese, esté en todos los lados: en todas las profesiones y en la calle”.
“Dijeron a mi padre que esta niña tenía que haber nacido niño porque iba montada en el tractor con él”
A ella le tocó, como recuerda, escucharlos desde bien pequeña, cuando iba tan feliz en el tractor con su aita “y dijeron a mi padre, que esta niña tenía que haber nacido niño porque iba con él”.
Comentarios así, “pues muchas veces”. Y una vez que aprendió a conducir el tractor, siguieron, al preguntarla si podía hacer bien la maniobras, “como si una chica no supiera manejarlo bien. Tontos hay en todas partes”.
Y por el hecho de ser mujeres, “siempre nos van a cuestionar nuestro criterio, pero voy acostumbrando a mi entorno y a los pueblos de alrededor a lo que me dedico y la gente lo va normalizando”.
Pero para ella, es “un lujo” trabajar en el campo. Tanto que rechazó propuestas para emplearse en bodegas porque lo que le gusta son las viñas, y “ser mi propia jefa. Eso está muy bien. Que nadie me mande y no tener un horario fijo, poder organizarte tú, aunque, al final, te autoexiges más”.
Un gran empleo que recomienda a todas. “Pues sí, ¿por qué no? Cada vez somos más en todas las profesiones”.
Para las que así se atrevan ofrece dos buenos consejos:
“Que tengan mucha paciencia y que confíen en sus propios criterios”.