Cuando está a punto de llegar el quincuagésimo aniversario de la matanza del 3 de marzo de 1976 en la capital alavesa, Alberto Alonso, director del Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, Gogora, apuesta por no dejarse llevar por esta “ola conmemorativa” tan especial para seguir trabajando de cara a futuro. “Para mí tan importante como este 3 de marzo es el 4 de marzo y el 5 y...”.
Se conmemoraron los 49 años y se conmemorarán los 51. ¿Pero para qué tiene que servir este 50 aniversario de los asesinatos?
–En realidad, como dices, no lo diferencia nada del 49 o del 51. Pero dentro de esa visión cultural que tenemos con los múltiplos de cinco y los números redondos, tenemos que utilizarlo como un referente y como un altavoz. Gogora se maneja mucho en efemérides, porque entendemos que es un poco culturalmente la forma más clara de llegar a la gente. Entonces esta efeméride redonda puede ser la excusa perfecta para hablar de todo lo que hubo detrás de aquel fatídico día. Insisto, no es que vayamos a decir nada que no hubiéramos dicho el año pasado o que no pudiéramos decir el año que viene. Pero entendemos que también la sociedad mira a este número redondo con un interés mayor. No hace falta más que ver cómo ciertos medios de comunicación, etcétera, etcétera, han mostrado un interés que no mostraban el año pasado o que posiblemente no mostrarán el año que viene. Aprovechemos ese nicho, esa oportunidad que nos da el número redondo, para hablar de tantas y tantas cosas que hay que hablar.
“Pasado el 50 aniversario, tenemos que seguir trabajando y trabajando, no podemos dejar que nos lleve la resaca de la conmemoración”
¿Usted nació pocos meses después, verdad?
–Ocho, en concreto.
Quienes vinimos después, ¿tenemos conciencia real de lo que pasó, sabemos valorarlo?
–Sí. Para empezar porque la historia ha estudiado este caso. Y no solamente lo relacionado al 3 de marzo en sí, sino que hoy en día la producción bibliográfica en relación a la Transición es muy potente. Hemos pasado de la construcción de una visión de la Transición de hermanamiento y demás a una mucho más compleja y, por tanto, más rica puesto que hablamos de una Transición no carente de violencia, de pactos de olvido, etcétera. Dentro de ese gran contexto podemos entender cada vez mejor lo que pasó aquí. En lo local ha habido estudios como el libro de Arturo Val del Olmo, con un foco propio, y grandes obras historiográficas o la obra de Carlos Carnicero, que creo que es quien aclara todo esto desde una perspectiva más de la ciencia histórica.
El ayer y el hoy
Vivimos un momento en el que, en el ámbito político, se niegan, cuestionan y relativizan no ya masacres como la de Vitoria, sino la propia dictadura o la Guerra Civil.
–Gogora es el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos. O sea, tiene tres patas. Es verdad que quizá también por la forma en la que se ha trabajado en los últimos diez años, que son los que tiene el organismo, se ha centrado más en la memoria. Pero es fundamental entenderlo en su globalidad y también darle importancia a la convivencia. Y hoy por hoy, una de las grandes amenazas de la convivencia, no sólo en Euskadi, sino me atrevería a decir en Occidente, es la ola neofascista. Una ola que lo que pretende es cuestionar los avances conseguidos hasta ahora, lo que intenta es darle un nuevo envite a las democracias que por definición son frágiles, son delicadas, porque requieren de grandes acuerdos, y desde luego en ese sentido también el 3 de marzo y nuestra mirada al pasado nos tiene que servir para reforzar nuestro compromiso con lo que fueron los valores que se defendían en aquel momento, que, de alguna forma, han sido el pilar sobre la que hemos construido nuestra sociedad actual, que son los valores de la democracia, del consenso, de la pluralidad...
El 3 de marzo de 1976 no se podría entender sin el contexto laboral del momento. Sí, han cambiado mucho las cosas pero, aunque sea distinta, hoy sigue existiendo una conflictividad evidente.
–La conflictividad laboral o la sindical es distinta desde el momento en que el marco en el que se desarrolla es absolutamente diferente. Aquellas personas que en 1976 estaban reunidas en la iglesia de San Francisco no sabían realmente lo que era un convenio colectivo. Había una Ley de Convenios que había sacado el franquismo, pero bueno, era de aquella manera... ¿Qué era lo que reivindicaban? El poder negociar cara a cara con los empresarios de forma libre. Se reivindicaba el reconocimiento de las partes. Los empresarios no reconocían el derecho de los trabajadores y las trabajadoras a reivindicar sus derechos. Había un intermediario que era el sindicato vertical, que era con quien hablaban. Los trabajadores eran tratados como menores de edad. Hay un dato que es fundamental y es que ese año, en España, hubo 18.000 huelgas. Muchas de ellas terminaron con una intervención violenta por parte de la Policía. Pocos años antes, en el 72, estuvo la huelga de la SEAT de Barcelona, en la que no hubo muertos, pero bueno, por poco porque fue brutalmente reprimida. Desde la perspectiva de hoy en día, el deseo de los trabajadores y las trabajadoras de seguir mejorando sus condiciones de vida siguen siendo las mismas. Lo que ha cambiado es el contexto. Hoy, por ejemplo, existe el derecho a huelga, igual que el derecho a la organización, a la reunión, a juntarse, a crear organismos propios representativos, como pueden ser los sindicatos.
“Hoy, una de las grandes amenazas de la convivencia, no sólo en Euskadi, sino me atrevería a decir en Occidente, es la ola neofascista”
La responsabilidad del Estado
Las personas asesinadas ese 3 de marzo, pero también en las protestas posteriores fuera de Vitoria lo son a manos de agentes de la Policía. ¿Más allá de una senda judicial que no tiene salida, qué responsabilidad hay que exigirle al Estado?
–Estamos hablando en aquel momento, en el 76, de un gobierno directamente vinculado y encuadrado en el régimen franquista. Franco ha muerto poco más de tres meses antes, no hay que olvidarlo. En ese momento tenemos un gobierno absolutamente fanatizado, fuera de control, que está haciendo todo lo posible por enfrentarse a una gran ola, que es la que viene de la sociedad. Hay una frase que se suele decir mucho y que aunque ha sido muy usada no ha perdido frescura: Franco muere en la cama, pero el franquismo muere en la calle. En aquel momento Arias está desesperado, intentando frenar todo aquello. Todas las fuerzas que estaban muy acostumbradas a vivir dentro de un régimen, entre ellos la Policía y el Ejército, se niegan en ese momento a dar cuentas al poder civil. Ellos eran el Ejército vencedor. El régimen que se había montado era gracias a ellos. ¿Es responsable aquel Estado? Por supuesto. Ese gobierno es responsable por no haber sabido controlar a la Policía, por no haber sabido controlar a todos sus mecanismos, por tener miedo a tensionar con el Ejército, a tensionar con el búnker, con la gente más reaccionaria. Dicho eso, hay que diferenciar mucho, y creo que aquí es muy importante en cuanto al Estado, comprender que un año después, en 1977 hay unas elecciones y ver qué pasa, que es que el 81% de los vitorianos va a votar. Jamás ha existido un dato de participación así. ¿Qué quiere decir esto? Que Vitoria apuesta firmemente por la democracia. Todo el mundo va a las urnas y vota. Cada uno a su opción. Lo que pasa después es un nuevo Estado. Vincular aquel Arias Navarro con los gobiernos actuales es hacer un salto temerario donde no se tiene en cuenta, entre otras cosas, hitos importantes como el 3 de Marzo y ese 81% de vitorianos rompiendo las urnas con un deseo enorme de votar. Hay gente que dice que el Estado tiene que pedir perdón. Bueno, vamos a ver, el Estado en el que vivimos hoy en día no tiene nada que ver con el Estado en el que se vivía en el 76. Ahora bien, yo creo que no habría ningún problema en que el Estado actual reconociera que aquello fue una barbaridad, algo absolutamente injusto e innecesario, la demostración de lo que pasa cuando quienes tienen la obligación de protegernos deciden actuar fuera del estado de derecho. Ni me extrañaría ni me sorprendería que en este contexto del 50 aniversario, el Estado lo vaya a hacer, de hecho.
Pasarán los actos y las actividades del 50 aniversario y después, ¿qué?
–Cuando yo era sindicalista, todo el mundo estaba obsesionado con la firma del convenio. A mí lo que me preocupaba era el día después. Bueno, ya tienes el convenio, ¿y ahora qué? Cuando estaba en la Michelin me preguntaba, bueno, ¿y al día siguiente qué vamos a hacer? ¿ruedas, no? Pues venga, hay que trabajar. Y en este caso es un poco lo mismo. ¿Y el 4 de marzo qué? Pues hay que seguir trabajando. La ola conmemorativa terminará de romper en un momento dado. Y no podemos permitir que nos arrastre la resaca de la retirada de la ola. Hay que seguir trabajando. Hemos hablado antes, y me parece fundamental, de la gran amenaza que es para la convivencia el fascismo. Tenemos que seguir trabajando y tenemos que seguir insistiendo. Desde Gogora cada vez estamos más convencidos de que ese enfoque, esa necesidad de enfrentarnos a discursos neofascistas que lo que pretenden es destruir la convivencia tal como la conocemos hoy en día, es fundamental. Nosotros vamos a seguir trabajando y lo vamos a hacer cada vez con acciones más directas y concretas. En los próximos meses hablaremos del movimiento obrero, del movimiento vecinal, de... Pasado el 50 aniversario, tenemos que seguir trabajando y trabajando.
Ese trabajo se hace también dentro del patronato del Memorial del 3M en el que, por lo menos desde fuera, parece que hay un mal ambiente considerable. ¿Es así?
–No, no, no es malo. Cada uno defiende su punto de vista, lo que cada uno hace desde su experiencia vivencial en estas cuestiones. El clima es el propio de un marco donde cada institución, cada asociación, cada patrono defiende lo suyo. Es verdad que quizá hay miembros del patronato que están acostumbrados a ese cara a cara constante que se da en cualquier negociación y otros que no tanto y esto les puede resultar algo incómodo. Pero eso no significa que haya mal ambiente. Cada uno propone lo que tiene que proponer y luego las decisiones se toman. Y hasta ahora no he visto ni un solo voto en contra. Claro, puede haber matices y demás pero todas las decisiones que se han tomado hasta ahora han sido por unanimidad. Pero claro, para llegar a esa unanimidad, cada uno tiene que expresar lo que piensa y tenemos que hacer que eso pase en todo momento en un marco de sinceridad. Y la sinceridad a veces puede incomodar. Pero no creo que de eso se pueda pasar a decir que hay tensión o mal ambiente.
“Pasado el 50 aniversario, tenemos que seguir trabajando y trabajando, no podemos dejar que nos lleve la resaca de la conmemoración”
¿Cree que hay una intención de apropiación política de lo que es y significa el 3M?
–En política no existen los espacios vacíos. Yo siempre digo que los actores políticos son como los gases nobles: se expanden hasta ocupar el espacio libre. La memoria está en constante construcción, porque la memoria es un elemento fundamental en la construcción también de nuestra identidad. Somos aquello que creemos ser o que creemos que han sido los que nos han antecedido. En ese sentido es verdad que cada uno está reinterpretando el 3 de marzo para legitimar su presencia. Por eso muchas veces dices: ¿se están apropiando? Bueno, de alguna manera, hay ciertos discursos que no tienen mucho que ver, desde una perspectiva de la historia, con lo que realmente ocurrió allí. Antes hablábamos de aquella asamblea duramente reprimida hasta el punto de tener cinco muertos. Hubo detenidos. Hubo gente que fue torturada. Ninguno de los supervivientes defendió ni legitimó ni utilizó la violencia posteriormente. Y lo que hemos dicho antes, pocos meses después, Vitoria fue en masa a votar y a apostar por las herramientas de la política y de la democracia. Entonces, muchas veces cuando hoy utilizan términos como “la lucha”, como “aquella lucha para legitimar nuestra lucha”, se terminan metiendo por medio cuestiones, cuando menos, ambiguas.