Dos retratos de los padres de Enrique y Ricardo presiden el impoluto panteón de la familia Pérez de Arenaza Cortés. Bajo la lápida descansan varios seres queridos. “Por desgracia, ya son muchos”, apunta Antonia. Explica que acude todas las semanas, por lo menos a limpiar y poner velas. “Son seres queridos, nunca los olvidas, aunque hayan muerto hace veinte años”, asegura. Son los primeros de la familia en visitar el cementerio, pero más pronto que tarde llegarán más y más allegados a Santa Isabel.

Es nuestra tradición, una tradición que pasa de padres a hijos y que nosotros seguimos pasando a nuestros descendientes; vienen hasta los nietos, incluso los que no les han conocido”, cuenta mientras observa los muchos jarrones de flores en azul y blanco recién colocados. “Vamos cambiando de colores cada año”, indica. Es su manera de honrar a los que ya no están entre los vivos.

Un silencioso ambiente de respeto reina en el céntrico cementerio de Santa Isabel. El goteo de personas es incesante desde primera hora de la mañana hasta el mediodía. Unos rezan, otros permanecen en pie y en silencio ante las sepulturas de familiares y conocidos en señal de recuerdo y otros no pueden reprimir alguna lágrima que otra al pensar en su ser amado. Es su manera de honrar a sus fallecidos.

Mientras la familia Merino adecenta la tumba familiar, los allegados de los Rioja Alocén ya han hecho la visita, a tenor de las flores que lucen frescas. Dalias, claveles, lirios, gladiolos y crisantemos, muchos crisantemos embellecen el camposanto más antiguo de Vitoria por Todos los Santos. “Los hay morados, rosas, entre marrones y amarillos, lilas y de todos los colores imaginables, aunque el preferido de los compradores es el blanco”, indica Gustavo, al frente del puesto de flores situado a la entrada principal de Santa Isabel.

En lugar de ramos, hoy ha traído floridos tiestos de crisantemos que vende desde los cuatro hasta los quince euros en función del tamaño; el más pedido es el de diez euros y blancos ya apenas le quedan. Tanto le gustan las flores a Gustavo que no se decanta por una u otra. “Está siendo un buen año, claro que los ha habido mejores, siempre queremos más”, reconoce.

Pese a que cada año la afluencia a Santa Isabel es menor, la tradición de visitar los cementerios perdura, más entre las personas mayores. De hecho, “todos los años se me muere alguna clienta”, dice.

Quien más quien menos se detiene ante el puesto para comprar un centro de flores que llevar a la tumba de su ser querido. Por eso, Gustavo lleva desde el miércoles que abrió su puesto y regresará hoy. “Es el día de las ánimas”, aclara. Y es que, aunque la festividad de Todos los Santos fue ayer, mucha gente compra las flores con semanas de antelación, ya sea para adornar los panteones de antemano o para llevar a los cementerios de los pueblos.

Qué hermoso fue tenerte, seguimos viviendo con la esperanza de volver a verte, reza el grabado sobre la lápida del panteón de la familia Jiménez, custodiado por siete jarrones de flores.

Además de camposanto, el cementerio de Santa Isabel es un espacio histórico de Gasteiz en el que a día de hoy sólo se puede enterrar en panteones ya adquiridos, puesto que en la actualidad no se ofrecen nuevas concesiones. Son construcciones privadas, a diferencia de lo que ocurre en el cementerio de El Salvador donde las edificaciones funerarias son de titularidad municipal, es decir, el Ayuntamiento las cede por un tiempo determinado mediante una concesión administrativa.

Epidemia de tifus

Santa Isabel toma el nombre de una antiquísima ermita y de su barrio contiguo. Fundado a principios del siglo XIX con enterramientos masivos tras una epidemia de tifus, el camposanto fue elegido por el Ayuntamiento de Madrid como ejemplo para futuros cementerios de dicha ciudad, pues según reseñan sus informes, “es sin disputa uno de los cementerios más bonitos y completos de España”. Actualmente, sus dimensiones no pueden ampliarse al estar integrado en la ciudad.

Y es que, Santa Isabel está lleno de arte y memoria. Un recorrido por el interior de sus calles lleva hasta la tumba del militar Bruno Villarreal o hasta las placas en memoria del catedrático y cervantista Julián Apraiz, del arquitecto Miguel Apraiz y del pintor Juan Ángel Sáez. La memoria de todos ellos reposa en Santa Isabel, al igual que la de la larga lista de fusilados por sus ideas políticas en el muro del cementerio entre 1936 y 1945. Y la de personajes ilustres como el arquitecto Olaguíbel; el último alcalde republicano, Teodoro González de Zárate; Pancracia Ollo, viuda de Zumalakarregi; el explorador Manuel Iradier, el músico y compositor Sebastián Iradier, el pintor Fernando Amárica, el arquitecto Martín Saracibar y la historiadora Micaela Portilla, entre otros muchos nombres que han pasado a la historia.

Abierto a visitas turísticas para apreciar todo su esplendor, los guías recomiendan dejarse sorprender por el estilo neo egipcio del panteón Rossi, evitar que el ángel del panteón Zulueta señale a alguien, ya que según la leyenda significa muerte en diez días, y pasear por alguno de los tres itinerarios propuestos en el folleto dedicado a los 57.072 metros cuadrados de arte y memoria que guarda Santa Isabel.

Así hizo ayer José Antonio. Salió de casa para dar su paseo habitual y cruzó por el interior del cementerio para ver si daba con la tumba de algún conocido y familiar que tiene enterrados. Confiesa que no es asiduo al camposanto porque con la edad ha aprendido que “aquí no hay nada que visitar, no hay nadie; el cuerpo físico es sólo un traje, no morimos porque el alma vive y lo que vale es el alma”, cree.

Ya no le convence lo de tener que visitar a los muertos en un cementerio; piensa que son cosas de la Iglesia, pero con todo, muestra un gran respeto a las creencias de cada persona. “Lo qué tenemos que saber es de dónde y para qué hemos venido a este mundo”, se cuestiona. En su opinión, “únicamente para hacer el bien a las personas”, considera. “Lo mejor es la incineración porque todo esto de las flores me parece que es sólo una parafernalia, opina este castellanoleonés de origen, asentado en Vitoria desde hace medio siglo.

Las visitas a este céntrico cementerio se vienen sucediendo desde hace dos semanas, aproximadamente, sobre todo para limpiar y preparar los panteones de cara a la festividad de Todos los Santos. También los trabajadores de Santa Isabel se han afanado en cortar setos, retirar ramas y raíces y recoger las hojas caídas para dejar las calles del camposanto transitables, cuenta Sandra, del servicio de Limpieza y Mantenimiento.

“Hay gente que viene todas las semanas, otras personas, todos los días, acabas conociéndoles, muchos son mayores, pero también de mediana edad”, apunta. Subraya que estas dos últimas semanas han sido “potentes”, en parte por los destrozos causados por el vendaval que trajo la borrasca Beatrice. Al final, “ha quedado bastante apañado, lo tenemos bonito”, se enorgullece.