La conferencia de Munich sitúa a Europa ante uno de sus grandes retos, el de la defensa y la seguridad. El del refuerzo de sus capacidades en un mundo de grandes potencias militares (Estados Unidos, China y Rusia) agresivas supone sin duda un desafío, al que el sur del continente a veces permanece ajeno. Mejorar la defensa común obliga a conciliar visiones nacionales históricamente muy distintas, como la francesa y la alemana, y no es, en todo caso, la única tarea pendiente de una Unión Europea que, como pudo comprobarse en la última reunión de jefes de Gobierno de este jueves, sigue sin avanzar en la toma de decisiones que sirvan para mejorar la competividad, el crecimiento económico y la prosperidad compartida. No se trata de un asunto menor para la Comunidad Autónoma Vasca y para Navarra, territorios eminentemente exportadores e industriales, que tienen en los mercados europeos a sus principales clientes. Hasta dos terceras partes de las ventas al exterior de nuestras empresas se dirigen a un continente de crecimiento anémico, donde Alemania vive desde hace un lustro una crisis estructural por falta de energía barata y rigideces laborales y donde Francia afronta dificultades fiscales recurrentes. El diagnóstico es claro. Es a la hora de aplicar las recetas cuando surgen las discrepancias entre los socios. Sucedió en la gravísima crisis económico y financiera de 2008-2013, cuando terminó por imponerse una austeridad dictada desde Berlín, y sucede ahora, cuando Alemania e Italia enarbolan la bandera de la desregulación. Un tecnicismo que esconde los titubeos en la agenda verde y el sometimiento a la voluntad de Estados Unidos, que busca libertad de acción para sus gigantes tecnológicos. El verdadero lastre europeo no es solo el exceso de normas, sino la persistencia de veintisiete mercados nacionales que operan de forma estanca en sectores estratégicos. Mientras potencias como Estados Unidos y China aprovechan su tamaño para impulsar la innovación y consolidar gigantes tecnológicos, Europa debate una agenda de reformas menores que resultan macroeconómicamente irrelevantes. Sin una verdadera unión de mercados de capitales, una capacidad de inversión común y un cierto proteccionismo estratégico, la eliminación de trabas administrativas será poco más que un ejercicio cosmético frente a la magnitud del desafío global.