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Veistroffer entra en otra dimensión

El francés, infatigable, recorre la segunda etapa del Tour de Omán en solitario para vencer tras 193 kilómetros de fuga

Veistroffer entra en otra dimensiónTour de Omán

No es tiempo de Quijotes, tampoco de grandes ilusiones y expectativas locas en un ciclismo que aniquila las emociones y las pulsiones de los locos aventureros con el plomo de la matemáticas.

Sucede, que en ocasiones, el destino, que ni los dioses romanos se atrevían a alterar (los egipcios eran más benevolentes y susceptibles a pequeñas variaciones), responde al capricho de la imaginación de un niño.

El sueño de una mañana de invierno que en el desierto de Omán equivale al sueño de una noche de verano. En el lugar de las fantasías, de las mil y una noches, frotó la lámpara del genio Baptiste Veistroffer, un francés que encontró su oasis en el desierto de Omán. Veistroffer fue una revolución, un asalto a la bastilla del sentido común.

El abanderado de una causa que era perdida cuando arrancó en el kilómetro cero y el estandarte de una victoria inopinada y bella en el 193, en Yitti Hills. Una historia de soledad, fe y determinación. Solo contra el mundo y la lógica. Solo contra sí mismo.

193 kilómetros en solitario

Acompañado por su sombra, el francés masticó 193 kilómetros como un llanero solitario para imponerse en la segunda jornada del Tour de Omán.

Veistroffer contravino todos los manuales de estilo que rigen en la alta competición. Se encaró con ellos. Afortunadamente. Su victoria, la única, la primera que abre su palmarés, será inolvidable por conmovedora.

Se bañó en alegría el galo, que después de la gesta, escaló al liderato de la carrera. Cuando le preguntaron por la motivación de lanzarse a un imposible sin más apoyo que el de su voluntad, su coraje y arrojo, Veistroffer dijo que se aburría.

"Me gusta hacerlo duro y largo. El ciclismo a veces es aburrido, y no me gusta estar aburrido en el pelotón. Me gusta empujar, trabajar para el equipo... lo que me pidan", dijo tras su heroico acto de resistencia.

El aburrimiento procura hastío, somnolencia, queja y otras sensaciones de incomodo, pero también ideas geniales y ocurrencias.

Todo eso alimentó el viaje a ninguna parte del francés errante. Decidió dejarse llevar por la carretera, a modo de aquellos muchachos de la Generación Beat que retrató Jack KerouacEn el camino. Veistroffer encontró en la ruta el deleite de mandar sobre su destino.

Alcanzar la meta era una quimera. Eso no le frenó la obstinación. Tampoco el empuje del pelotón, que calculó una derrota por puro agotamiento y sofoco. No sucedió.

Recorrió el francés todos los estados anímicos posibles y los no lugares para atravesar lo razonable y juicioso hasta llegar al más allá. Veistroffer entra en otra dimensión.