Tras el paso de El mal (Juanma Bajo Ulloa) por las salas de cine, nuevos estrenos cinematográficos esperan a Carmen San Esteban. La multifacética creadora e intérprete gasteiztarra no para, ya sea con proyectos propios o con trabajos para terceros. Es imposible resumir en estas pocas líneas el camino artístico desarrollado por la vitoriana y eso sin contar toda la senda que le queda por delante.
Actriz, productora, dramaturga, gestora cultural, locutora... Son muchas Carmen San Esteban en una. ¿Se valoran todas?
–Tengo la sensación de que, a veces, no defendemos lo nuestro con ahínco, como sí pasa en otras poblaciones cercanas. Sé que suena chovinista este comentario, pero lo siento así porque lo he experimentado a lo largo de los años. Yo me volví de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), en Madrid, en 1990. O sea, estamos hablando de una persona licenciada y con una formación que, en esos momentos, no existía en Euskadi al mismo nivel. Y no había dentro de las artes escénicas tantas personas formadas en esta ciudad y en el resto de los territorios. Tengo la sensación de que a veces pensamos que lo nuestro no tiene valor. No lo exportamos, no lo protegemos. Y eso hace que sea más difícil seguir viva y seguir existiendo a día de hoy, después de tantos años, teniendo la ilusión y la fuerza para seguir generando proyectos nuevos. Ha habido periodos en los que he pensado en tirar la toalla y dedicarme a otra cosa. Ha habido momentos de precariedad, de vacío... y también de supuesto éxito, un éxito que en ocasiones no tiene que ver con lo pecuniario. El reconocimiento, a veces, hace que sigas adelante. Pero todo ese abanico de perfiles que comentabas en la pregunta es así porque en muchas ocasiones no te queda más remedio si quieres llevar adelante un proyecto en el que crees.
¿Pero se siente sobre todo actriz?
–Sí. Disfruto muchísimo en teatro, pero en esta etapa de mi vida tengo muchísimas ganas y me siento muy bien cada vez que estoy rodando. Tengo muchas ganas, ansias, deseos de volver a la tele y participar más en cine. En las mujeres, hay edades en las que ya no se nos permiten tantas cosas. A nosotras nos quieren para cubrir personajes que tienen 50 años cuando estamos en los 35 para que podamos responder a su prototipo de mujer bella. La industria muchas veces es muy cruel con las mujeres. Y quizás a eso se deba también un periodo de no participación en determinado tipo de proyectos y creo que ahora vuelvo a estar preparada porque el vino bueno se macera, la experiencia te avala y evidentemente doy otros perfiles muy diferentes a los que podía dar hace diez años.
“De los primeros pasos en los 90 echo en falta una parte de libertad para contar, para hablar de la diversidad que en esos momentos había”
¿Son más complicados los proyectos, como ‘¿Entras?’ en los que usted hace de todo y lleva las riendas o trabajar para terceros no es tan sencillo?
–Estás muchísimo más tranquila cuando existe una productora detrás. Estás desarrollando tu trabajo profesionalmente pero estás eximida de un montón de responsabilidades. El hecho de inventar tanto desde todos los puntos de vista es agotador. Normalmente una producción propia te come la vida: estás en escena, diriges, haces los contactos para la contratación y la distribución, estás pendiente de la iluminación, las sillas... es agotador y lo es más a medida que pasan los años. Ya no tengo la energía que podía tener en los 90 o en los 2000 para tirar adelante con carros y carretas. No obstante, lo sigo haciendo, pero hacen falta unos tiempos de reposo y que tu estructura física, mental y espiritual esté más equilibrada y sea realista con lo que verdaderamente puede acometer.
¿Todavía se siente extraña cuando se ve en pantalla?
–En los primeros cortometrajes o en las primeras participaciones uno siente muchísimo pudor al verse. Muchísimo. Porque la crítica no es algo exento a nuestra profesión, la autocrítica es brutal. El poco permiso a veces al error, el gusto por verte bien o verte de determinada manera mientras que el espectador te está viendo con normalidad es algo complicado de gestionar. Con los años uno aprende a perdonarse, a aprender y a ver qué es lo que das hoy y quién eres hoy. El teatro tiene otros permisos, pero televisión y cine hablan de tu imagen. Ahora ha sido un disfrute y un honor estar en El mal y además abrir el teaser. Ha sido un disfrute participar en Abuela tremenda y ha sido un disfrute una película que no se ha estrenado todavía. Se titula Bajo tus pies, de Cristian Bernard y que cuenta con Maribel Verdú. Está a punto de llegar a los cines. En 2025 he podido volver de alguna manera al medio audiovisual y estoy muy satisfecha.
El audiovisual en Álava
Hablaba antes del regreso desde Madrid a Vitoria, del inicio de la década de los 90...
–De aquella ciudad en la que hacías tus primeros cortometrajes en los que participaba el CINT, el Centro de Imagen y Nuevas Tecnologías de Vitoria-Gasteiz, que por asuntos políticos se dejó morir y fue una gran cantera de cineastas actuales. Pero no se protegió a aquellos actores y actrices. Tenemos una memoria muy frágil, pero hay que poner en valor cosas que sí se han hecho en esta ciudad, que se han hecho muy bien y que se han dejado morir. Afortunadamente yo la memoria la sigo teniendo porque estaba allí.
“La industria audiovisual muchas veces es muy cruel con las mujeres; nos quieren para personajes que tienen 50 años cuando tenemos 35”
Parece que hoy hemos descubierto que existe un sector audiovisual en Álava.
–Sí, ¿verdad? No vamos a hablar de los incentivos, está muy manido. Está muy bien que existan, está muy bien que se genere este afán y este impulso audiovisual. Pero esta ciudad lo ha tenido antes. Quizás respecto al resto de territorios y también respecto a cómo estaba el cine vasco en aquellos momentos, no tuvo la notoriedad que podía haber tenido. Ese es otro asunto.
¿Cómo es estar en una película que llega a miles y miles de personas y, al día siguiente, ir a un espacio de dimensiones reducidas como Haz para hacer una performance?
–Es que eso es la vida. Hombre, si una no hubiera sido gaztetxera, si a una no le hubiera tocado cambiarse en granjas y en rulots, si... pues igual esa situación sí sería un gran contraste. Llevamos muchos años en la carretera y tienes proyectos de todo tipo, pero todos siguen siendo el alimento de vida, prueba, ilusión y compañerismo. Y en el caso de mencionas de Haz, hablamos de una labor hecha por cinco mujeres y de un deseo por una manera de contar, un probarnos con los espectadores en distancia corta. Ojalá siga habiendo este tipo de proyectos. Bueno, todos (risas).
Sello personal
¿Cuánta gente en Gasteiz ve a Carmen San Esteban por la calle y dice: ‘¡aupa Zuridonna!’?
–¡No me reconocen! El hecho de que tú te bajes del escenario y no te reconozcan, es decir, que tengas la capacidad de mutación, la capacidad de cambio para interpretar diferentes personajes, es algo muy importante. El año pasado, minutos antes de que ella hiciera acto de presencia, yo estaba en la calle en chándal hablando con la Policía Local porque había que cortar el tráfico y vinieron menos patrullas de las previstas. A los tres minutos de esa charla, me puse la toga y venga (risas). Hubo más de 2.500 personas y sé que muchas no me reconocerían por la calle hoy. Eso está bien. Lo que es injusto es que la falta de reconocimiento se produzca en los ámbitos económicos de esta ciudad, los que podrían posibilitar que hubiera más eventos aquí o no solo de un tipo. Con Zuridonna es divertimento, ocurrencia y también autogestión, la posibilidad de contar otras cosas que no están dentro de los cánones establecidos ni en las agendas de ningún tipo. Eso se debe seguir potenciando, como se hacía en otras etapas en esta ciudad. Antes podíamos contar y decir muchas más cosas de las que contamos y decimos ahora.
Tanto esta experiencia como la de ‘¿Entras?’ son propuestas en teoría pequeñas pero que tienen mucho éxito y recorrido.
–¿Entras? es una marca personal, un claro ejemplo del gusto por hacer posible lo imposible. Recuerdo que me decían que era imposible realizar un espectáculo dentro de un armario, estando seis horas trabajando para recibir a un espectador con el que compartir diez minutos. Lo hice por primera vez en 2009, dentro de la sección Off Lokal del Festival Internacional de Teatro, y hoy lo sigo haciendo, aunque hubo unos años que lo tuve que paralizar por la crisis económica. Es maravilloso cada vez que lo hago porque veo que sigue estando vigente, actualizado y sigue produciendo diversidad de emociones. Por ahora no he encontrado a nadie que no le haya gustado, que no le haya pasado algo.
En los proyectos propios siempre hay una determinada poética, un sentido en el humor y una postura crítica, ¿no cree?
–No puedo evitar, ni quiero, dejar la impronta de mi manera de pensar en cada una de las cosas que hago. Vamos modificándonos con la edad, pero tenemos un pensamiento moral, ideológico, político, social y cultural. Todo eso aparece siempre. A veces me sorprende que cosas que a mí me producen ese humor oscuro, ácido e irónico que tengo, no hagan reír. Pero creo que también es necesario que podamos ser sacudidos y si no te ha gustado, perfecto, no tengo por qué gustar a todo el mundo ni ser querida por todo el mundo, ni yo ni nadie. Pero no puedo evitarlo, no puedo evitar que como marca personal en lo que hago eso esté. Como espectadores estamos cada vez queriendo tener espectáculos más cómodos. El entretenimiento no lo es todo. El sentido del arte, y me refiero a todas sus dimensiones, es hacer sentir, pensar, crecer y conmocionarnos... Por supuesto, tiene que ser disfrute pero es que se puede disfrutar con inteligencia.
Desde aquellos años 90
¿Qué echa en falta en el contexto cultural vitoriano con respecto a aquellos años 90 en los que volvió a casa para iniciar su carrera profesional?
–Una parte de libertad para contar, para hablar de la diversidad que en esos momentos había. Además, existía un vínculo social muy poderoso con la cultura. Diría que hoy estamos quizás más domesticados y que lo exitoso se convierte en aquellas cuestiones más populares que aglutinan a más personas y, normalmente, son gratuitas. Este es un caballo de batalla que tenemos en la cultura. La cultura cuesta dinero. Nosotros no vivimos del aire, igual que comprendemos que un fontanero nos cobra un dinero si tenemos una avería en casa.
¿En qué cree que se ha mejorado?
–Hay muchas cuestiones que se han dignificado en todas las artes. Para los más jóvenes existen más posibilidades de apoyo y vías de desarrollo. Otra cuestión es cómo estamos dejando este mundo, en qué situación tenemos la vivienda, el acceso al trabajo o cómo son los sueldos para esos jóvenes.
Si una de esas personas jóvenes le pide un consejos para dedicarse a esta profesión...
–Primero, le diría que se formara. Es algo importante porque te dota de las herramientas para poder afrontar y enfrentar proyectos y que no te tumben emocionalmente. Y le diría que escuche a los que tienen experiencia, que siempre le van a poder echar una mano y cogerle del brazo si está a punto de caer. Adolecemos de esa escucha, de prestar atención a quienes han estado antes que nosotros y que probablemente esas batallas ya las han peleado. Evidentemente como joven tienes que atravesar el campo de batalla tú pero tener referencias y formación siempre va a ser bueno para ti.
Los próximo planes son...
–Tengo entre manos tres proyectos personales y hay dos proyectos externos que se están empezando a hablar ahora. Pero no puedo decir más en público (risas).