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La culpa es un arma blanca

Pablo Rivero se consolida como escritor con una novela alejada de los convencionalismos del thriller más clásico, para enfocarse en la vulnerabilidad de un hogar

La culpa es un arma blancaSUMA

Pablo Rivero se consolida como escritor con una novela alejada de los convencionalismos del thriller más clásico, para enfocarse en la vulnerabilidad de un hogar que no es tal, dado que las cualidades de paz y protección que se le presuponen han sido desterradas. El autor se enfoca en la asfixia provocada por la obsesión universal de las apariencias que rigen los hogares normativos, donde la exposición de los errores perpetrados no tiene cabida bajo ningún concepto. Va mucho más allá de una historia de suspense de ritmo adictivo, materializando un espejo incómodo sobre la maternidad idealizada, con el clasismo subyacente de quienes creen que el dinero puede comprar indefinidamente la lealtad y los secretos.

La trama se desentraña contextualizada en una urbanización de alto nivel, uno de esos ecosistemas asépticos donde la perfección estética, en todas sus acepciones, deriva en dogma implacable, casi incapacitante. Rivero nos adentra en un microcosmos familiar plagado de renuncias, en beneficio de una seguridad cuya explicación no es demandada por los miembros que la acatan aparentemente sin comprenderla. Porque, hasta su desenlace, en este relato nada ni nadie es lo que parece, ni lo acontecido es casual.

El autor inyecta tensión desde las primeras líneas, incertidumbre sostenida con maestría hasta el desenlace, burlando elegantemente las sospechas del lector. La Canguro es puro terror, enfocado en un hogar donde el control asfixia y el miedo se reprime: miedo a uno mismo, miedo a los otros. El escalofrío es una constante de cada metro cuadrado de un entorno idílico a ojos ajenos. Un hogar transformado en prisión, conducido por unas normas férreas impuestas por la madre. Las explicaciones, ni dadas, ni pedidas, son interrogantes que nadie osa plantear.

De la mano de la canguro entramos en un espacio del que la confianza huyó despavorida, con la conciencia presidiendo la entrada desde un retrato que todos temen, incluso una sosia recién llegada, que descubre con horror una mujer desbordada, una bebé ajena a todo, un adolescente atrapado y un cónyuge subyugado bajo una voluntad que no comprende.

La intrusa, investida de oportunísima ayuda, cruza el umbral de la fragilidad de la perfecta estampa familiar traspasando los límites con intención, dispuesta a ejecutar justicia poética. La amenaza atisba desde el principio de la intriga, con un adagio implacable, una sentencia en palabras de Paula, la madre: “nadie ajeno a la familia debe entrometerse en sus asuntos, si no quiere salir mal parado”, contrapuesto a una lucha de equilibrios en la que todos los desenlaces son posibles: “los padres comían y atendían a sus crías sin sospechar cuál sería su terrible final” .

Como en Laocoonte devorando a sus hijos, la impotencia humana se rebela frente a un destino marcado por un error que no puede subsanarse, la imagen de la derrota ante serpientes acechantes. El hogar –tradicionalmente símbolo de refugio– se transforma en escenario trágico. No se trata de un mal que irrumpe desde el exterior, sino de una fisura interna que revela la precariedad de nuestras certezas afectivas. La novela dialoga con la tradición de la tragedia clásica y con el pensamiento existencialista del siglo XX, configurando una narrativa donde cada decisión aparentemente trivial adquiere dimensiones éticas, conllevando un riesgo. Paula está condenada a elegir y en esa condena se decide su tragedia.

El agotamiento de una mascarada imposible de sostener alimenta el desasosiego, la ilusión de un control tambaleante que se desmorona, el desgaste de una culpa que no cesa de manifestarse, la necesidad imperiosa de oxígeno emocional, en una representación cuyas heridas supuran incontenibles. La tensión sartreana entre libertad y responsabilidad es el infierno que consume a Paula. La seguridad se eleva a categoría de dogma y la perfección se convierte en una obligación ética.

La maternidad, asociada culturalmente a la protección, se revela vulnerable, en una penosa lucha entre el amor propio y el amor hacia los suyos. Experimenta un abismo moral si los cuidados peligran. “Pude haberlo evitado” es el mantra que late a lo largo de toda la novela, el que resuena en la esencia de las tragedias griegas, en las que los destinos son entretejidos con los hilos de las determinaciones humanas.

Ethan, el hijo mayor, se perfila como el eje moral de la historia, encarnando la ética de la responsabilidad. Logra hacer caer las máscaras de unos y otros. Su inocencia infantil funciona como un espejo que amplifica las consecuencias de las decisiones adultas. Refugiado en su diario, drena su angustia desde un silencio medido que acusa sin hablar: “Cuando me dijo que era por nuestra familia, tuve que aguantarme para no decirle lo que pienso, porque sé el verdadero motivo. Necesitamos ayuda”.

La llegada de la candidata perfecta, Yurena, la canguro que personifica todas las virtudes de la abnegación y la eficiencia, parece la solución definitiva a las grietas emocionales que diluyen los lazos familiares. Rivero teje aquí una red de desconfianza donde nadie es quien dice ser y donde cada gesto de amabilidad esconde un reverso tenebroso. La cuidadora se convierte en el espejo de las sombras de cada uno de los miembros de la familia, la evidencia de una identidad fracturada por un secreto compartido.

Su papel desvela implacable la farsa de una fantasía insostenible. Es un personaje estudiado al milímetro, cuidadosamente seleccionado, fascinante y desestabilizador, la grieta definitiva para la frágil porcelana doméstica. Potente recordatorio de que la identidad humana es una construcción endeble, susceptible de fractura, jugando magistralmente con una sonrisa inquietante, utilizando los silencios como preludio del desastre. Yurena es el catalizador que acelera la descomposición de un núcleo familiar previamente herido de muerte por la incomunicación.

Con un ritmo que recuerda los mejores mecanismos del suspense psicológico contemporáneo, el autor maneja los tiempos con la precisión de un cirujano que sabe dónde duele antes de realizar la incisión. La atmósfera se enrarece por momentos, tornándose densa y turbia, a medida que el lector descubre, entre el asombro y el escalofrío, que la verdadera amenaza no es quien entra en casa portando una maleta de esperanzas, sino aquello que habita en la estructura misma de la convivencia.

A veces, el mayor de los crímenes no es el que se comete con violencia. Creemos que estamos a salvo en nuestra burbuja de cristal, ignorando que éste es, por definición, el material más fácil de romper. Rivero añade una voz propia dentro del género, capaz de desfigurar la cotidianidad en una pesadilla de alta definición.