Críticas de cine, por Juan Zapater

Celestina busca...

06.11.2020 | 02:26
Anna Taylor-Joy ('La Bruja', 'Múltiple', 'Glass', 'Gambito de Dama',...) ratifica, con una actuación escurridiza y ambigua, por qué es una de las actrices más carismáticas de los últimos años.

EMMA

Dirección: Autumn de Wilde. Guión: Eleanor Catton (Novela: Jane Austen). Intérpretes: Anya Taylor-Joy, Angus Imrie, Letty Thomas, Gemma Whelan, Bill Nighy. País: Reino Unido. 2020. Duración: 124 minutos.

Se han cumplido 25 años del estreno de Sentido y sensibilidad. Aquel filme de Ang Lee, supuso un enorme éxito de taquilla y la entrada a Hollywood por la puerta grande del notable cineasta taiwanés. Hasta ese momento Lee se había movido en los humildes arrabales del cine llamado independiente. Entre aquella adaptación -que aparentaba ser un producto cien por cien británico pese a estar relatado por un director chino- y esta Emma, se establece una conexión interesante. Por cierto, Ang Lee, un año después, conseguiría una identificación casi perfecta, -en el ADN oriental, no se busca la originalidad sino la perfección-, cuando desembarcó en América para filmar La tormenta de hielo, (1997), una de las mejores crónicas de la América estadounidense de los años 70.

Paradójicamente Autumn de Wilde ha recorrido el camino inverso. Nacida en EEUU, en 1970, Autumn creció en un ambiente contracultural y underground muy vinculado a la escena musical, al arte y, en concreto, a la fotografía. Tras una solvente carrera audiovisual en el mundo del rock, resulta desconcertante ver que escoge para su debú como directora de largometrajes un filme que, como el de Lee, parece cien por cien británico. Tanto que entre Sentido y sensibilidad y Emma, podría hacerse un excelente programa doble. Un cruce que nos enseñaría cuánto ha cambiado el cine en estos cinco lustros y cómo se ha pasado de la postmodernidad a la pseudomodernidad entre el final del siglo XX y el comienzo de los tristes años 20 del siglo XXI.

La responsable del argumento en ambos casos, es la misma mujer, Jane Austen, escritora británica (1775-1817) autora además de piezas también llevadas al cine como Orgullo y Prejuicio. Ella sí que había nacido en Inglaterra. Séptima hija de un pastor anglicano, está reconocida como la precursora de la novela moderna y cultivadora de una latente sed de feminismo toda vez que en sus novelas más reconocidas, son mujeres quienes ocupan el núcleo del argumento. Aunque permaneció soltera; el amor, los romances y los enredos amorosos figuran como el ingrediente fundamental de sus pormenorizadas descripciones de un mundo que estaba (vi)viendo el final de las viejas monarquías, el comienzo de un nuevo tiempo. Recuerden..., el mejor de los tiempos, el peor de los tiempos. Tal vez por eso, por su condición de literatura alumbrada bajo la sombra de la zozobra y la incertidumbre, las viejas novelas de Austen resultan tan oportunas. Entre la creación de Lee y la recreación de Autumn de Wilde han pasado muchas cosas. Por ejemplo, el cine de Wes Anderson. A él se encomienda la cineasta yanqui para filmar con pulso geométrico y distancia irónica las desventuras de una celestina veinteañera. Con humor y con rigor. Autumn se toma su tiempo. Le cuesta atrapar al público. Primero provoca extrañamiento, luego, a fuego lento, lo va magnetizando.

Cuenta con una ayuda muy especial, un excelente reparto. Y en medio de un gran elenco, una presencia predominante, Anna Taylor-Joy, el talismán de la serie Gambito de dama. La joven actriz de origen británico-argentino, hace con Emma algo sideralmente lejano a como abordaron Emma Thompson y Kate Winslet sus roles en Sentido y sensibilidad. Aquel realismo sin corsés ni estiramientos, deviene aquí en un juego de simulación y ambigüedad. El ingenio de la retórica de Austen se respeta con fervor casi religioso y se conjuga bien con la mutación permanente de una Anna Taylor-Joy que dota a Emma de una personalidad resbaladiza, en las antípodas de lo que se proponía la Mujercitas de Greta Gerwig. No hay deseo de revitalizar un texto del XIX con la sensibilidad feminista del XXI, sino la férrea voluntad de regocijarse con un universo que, por su frivolidad y decadencia, se diría es perversamente (pseudo) moderno.

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