NO hay ni conversación general alguna, ni introducción a cualquier tipo de análisis y propuesta de futuro, ya sea en temática económica, social o política, que no incluya una breve, al menos, introducción que resulte un contexto de incertidumbre, complejidad singular y/o referencia a una potencial parálisis fruto de la “nueva era” que vivimos. Mencionar geoeconomía, geopolítica, resiliencia y desafección tanto a modelos existentes, como a instituciones de gobernanza, liderazgos y apuestas estratégicas, parecería condicionar cualquier tipo de postura, posicionamiento, en y desde la duda y, por supuesto, una buena excusa para trasladar la responsabilidad de la toma de decisiones (sea la que sea) a terceros con la consecuente exención del compromiso individual.

Si en el contexto anterior pretendes incentivar, convencer, o compartir proyecciones de futuro (inevitablemente complejas), a tus interlocutores, con mensajes de contribución y orientación a “apropiarnos de nuestro futuro” y no dejarlo en manos de los demás, heredando así lo que otros decidan y no aquello que nosotros deseamos construir, se te trata de “optimista o iluso” (en el mejor de los casos) o “desinformado” o anclado en “otros tiempos”, y falsas ilusiones por tiempos superados, en los que la colaboración e interacción (por pequeña o aparente que fuera) de entonces, resultaría imposible en el “siempre nuevo mundo” que hoy vivimos. Así, encontrar un interesante artículo en las publicaciones de Project Syndícate (página de opinión pública internacional repleta de grandes firmas), bajo el título que copio en este artículo, creo que resulta de gran oportunidad: The Myth of Global Chaos (El Mito del Caos Global).

Qué duda cabe que, parecería que asistimos a un nuevo espacio caótico en el que podemos caer en la tentación de pensar que la situación actual ha aparecido, sin aviso previo, de la noche a la mañana, y que, es única, que “otros tiempos siempre fueron mejores y mucho más sencillos y confortables, plenos de certezas, certidumbre, estabilidad y plenitud de oportunidades para todos”, lo que llevaría a la simplicidad de añorar el pasado, aborrecer el futuro expectante y justificar una sensación de pasividad. Fruto de este debate persistente, estos días, repasaba un documento-informe que ya he comentado, en esta columna, en otras ocasiones y que revisito, como una buena guía y ejercicio para adentrarnos en realidades diagnósticas de partida y referencia para transitar en el mundo de la prospectiva, cara a orientar nuestros ejercicios estratégicos (personales, empresariales, de país...). The World Risks 2026 – Riesgos Mundiales 2026 del World Economic Forum, publicado el enero pasado, siguiendo un tracto histórico en sucesivas ediciones, año a año, sobre la base de decenas de miles de encuestas a líderes entrevistados a lo largo del mundo, nos permite comprobar lo ya constatable: conocíamos y veíamos ya, de una u otra forma, los riesgos que nosotros mismos hemos venido construyendo, propiciando, permitiendo o ignorando a lo largo del tiempo. Si echamos un vistazo rápido, observamos: con claridad cómo pueden identificarse los papeles asignados o jugados por los “ya hace tiempo considerados jugadores y piezas del tablero”, comprobando que, desgraciadamente, ni el tablero ha cambiado, ni los jugadores clave emergen de la nada, ni la gravedad de los riesgos (sociales, políticos, económicos, territoriales, medio ambientales, tecnológicos, mediáticos, de gobernanza...) han desaparecido o surgido por “gestación divina” de la noche a la mañana, ni mucho menos por “generación espontánea”. La inequidad y desigualdad existente, en creciente aumento, y con mayores gaps (personales, geográficos, de estratos socio económicos diversos, cada vez más acentuados y menos controlables por el mundo institucional; la fragmentación regional-global de nuestras economías y su interdependencia diversa y variable; los liderazgos (o su deseo por asumirlos) (USA-URSS-China, Oriente Medio, África, Latam...) con sus respectivos conflictos y posiciones, legítimas o no, no resueltas, siempre a juicio de terceros; con una lucha por el dominio del nuevo espacio tecnológico concentrado en unos pocos; la desgobernanza galopante (y tolerada) en el seno de las instituciones globales; la deuda descontrolada impagable por sí sola en movimientos y comportamientos no previstos o planificados; la facilidad de operación y presencia, en apariencia imposible de parar, del espacio de la economía ilícita y el incremento de los múltiples “mandos intermedios” disidentes en sus enclaves criminales extendidos por todo tipo de territorios, provocan escenarios de elevada gravedad e insatisfacción.

Sin duda todo un catálogo que incrementa la fragilidad de las democracias y su cuestionamiento; un desapego creciente con la autoridad en general, los gobiernos en particular y sus políticas en curso. Difícil asignatura que desafía la capacidad real de ideologías dominantes, dificultando los logros prometidos cuando han de ser ejecutables, polarizando enfrentamientos ideológicos y políticos, desde ópticas y ofertas de modelos sociales claramente diferenciados, que, además, se ven alentados por la información o desinformación generalizada no solo desde redes sociales sino, también, desde los grupos mediáticos tradicionales y sus profesionales autoproclamados como auténticamente legitimados, objetivables y neutros, escudándose en su “autodefinición y clasificación” que cada vez más excluye y polariza a las sociedades. Todo un reclamo bajo el llamado bienestar ilimitado: “Todo a la vez, ahora, en todas partes”, con la proliferación de voces agrupadas en el “todo derechos”, “ninguna obligación”, en un universo de cambios y transformaciones cuya complejidad real demanda priorizar, ordenar, planificar, compartir... y decidir.

Nuestro mundo es complejo y no caben recetas mágicas. No caben, tampoco, falsos mensajes buenistas, de inmediatez resolutiva de todo, complaciendo al oído que quiera ser regalado con falsas ilusiones. Hoy, asistimos a la evidencia de conflictos bélicos muy próximos, presenciamos la frivolidad de muchos líderes y gobernantes, nuevas guerras e invasiones televisadas en el momento, y podemos engañarnos pensando que “esto antes no pasaba”. ¿Es que no tenemos referencia de lo sucedido en “otros tiempos”? ¿No vivimos un más que caos con las Primaveras Bálticas, “reunificación” alemana, la “desaparición” de la URSS, la “exploración del coloso chino”, la confrontación USA-OTAN, las disputas territoriales extendidas a lo largo del mundo? ¿No era y es suficiente movimiento transformador la creciente insatisfacción que demanda más, mayor y mejor autogobierno o independencia, cosoberanía o plurinacionalidad legítimamente demandadas a lo largo del mundo? Sin duda, cohabitamos todo un movimiento geopolítico y geoeconómico cambiante, en un espacio de fragilidad, redefiniendo su seguridad energética, asumiendo la importancia del Planeta y su salvación futurible compatible con vivir hoy, a la vez que superamos el impacto negativo del cambio climático, en el marco de una más que inevitable recomposición de un mundo que parecía entregarse a una globalización ilimitada, mal repartida, con la ausencia de estrategias regionalizadas y resilientes. Un marco cambiante que obliga a trascender de las políticas macroeconómicas exclusivas alejadas de la economía real, o la burocracia paralizante de los principales centros de decisión (Estados, regiones, Instituciones de todo nivel, empresas, etc.), o la descontrolada concentración de, también, organizaciones sin ánimo de lucro centradas en la supervivencia de su propia estructura, etc., etc., ¿No eran todas estas suficientes señales más que evidentes de un CAOS en curso? ¿Vivimos un mito o un caos solucionable, ordenable, desde el compromiso solidario hacia caminos de oportunidad que están, como lo han estado a lo largo de la historia, en nuestras manos y compromisos colectivos y personales?

Sin duda, podemos limitarnos a constatar un caos global o incluso a desmitificarlo o ignorarlo, pero lo sensato y que en realidad puede mitigarlo y reconducirlo exige no solo preocupación, sino ocupación. Nuestro mundo (el de ayer, el de hoy y, sin duda, el de mañana) demanda de todos nosotros (cada uno con la intensidad de su nivel de responsabilidad). Entender los elementos clave que mueven y moverán el mundo disruptivo del que formamos y formaremos parte, bajo el impulso directo de un propósito, principios, valores y deseos de una sociedad en la que nos gustaría vivir y en la que nos encontremos, ya por dejación de los demás, ya por que otros hayan elegido el rol que nos corresponda jugar según su propio interés o conveniencia. Un propósito orientador del bien común de la gente, demanda intensas y variadas transiciones convergentes a lo largo de procesos variados, no determinísticos, construibles paso a paso. “La magia del proceso”, ni improvisable, ni postergable, ni renunciable. Magia para tejer nuevos espacios multilaterales, colaborativos e innovadore. Largos e intensos caminos obligados a un renovado pensamiento económico generando modelos específicos con una diferenciada demografía y migración multi forma y multi origen-destino, participando de una profunda revolución tecnológica reformulando el nada sencillo y valioso mundo esencial del trabajo-empleo con su imprescindible protección y seguridad social (muy probablemente distante de la “cartera actual”). Modelos que obligarán a replantear el concepto y formas de empresas (públicas y privadas), a reformular de una salud holística del mañana, acompañando una educación permanente a lo largo de todas nuestras vidas. Un largo viaje aprendiendo con y de los demás, provocando y participando de alianzas que combinen el verdadero talento múltiple, poniendo la digitalización e inteligencia artificial al servicio del ansiado bien común.

Una agenda compleja, a la vez que motivadora, retadora e ilusionante que trascienda de un caótico mito, o no, aprendiendo a gobernar un mundo fragmentado, en apariencia desorientado o desincentivado, asumiendo esfuerzos y proyectos compartibles, cocreando valor para “ganar y apropiarnos” de nuestro futuro deseado.