El carnaval voló. El martes, con el entierro de la sardina, se cerró el permiso para el desmadre: disfrazarse, beber, bailar o lo que tercie. A partir de ahí llega la Cuaresma, ese tramo del año en el que el calendario vuelve a pedir seriedad, como si la culpa también tuviera su temporada. La Semana Santa todavía no ha llegado, pero ya asoma como lo que siempre fue: un dispositivo cultural que decide qué se mira y cómo se mira.

Durante siglos, la pasión de Cristo funcionó como encargo y como repertorio. No era solo religión: era industria y oficio. Se pedían escenas concretas, se discutían detalles, se ajustaban gestos. Ahí están la famosa La última cena de Leonardo, la emotiva La Pietà de Miguel Ángel o el solemne Cristo crucificado de Velázquez, junto al Descendimiento de Rogier van der Weyden o la dramática La flagelación de Caravaggio. La ciudad era pantalla. Las iglesias, salas de proyección permanentes. Y las procesiones, un cine sin butacas.

Ese sistema tenía algo que hoy cuesta aceptar: el arte no se concebía como contenido para consumir cuando apetece, sino como un marco común que volvía cada año. Había plazos ligados a la primavera y a la necesidad de que todo estuviera listo cuando tocaba. La obra se integraba en un uso colectivo: mirar juntos, en el mismo momento. No había “lo veo luego”. Se veía cuando tocaba. Ahora el mecanismo no ha desaparecido, solo ha cambiado de soporte. Donde antes había óleo y madera policromada, hoy hay plataformas afinando catálogos. Llegará la Semana Santa y asomarán relatos bíblicos empaquetados en capítulos: Jesús de Nazaret, Ben-Hur, La Pasión de Cristo.

El calendario sigue mandando, pero ya no se impone desde la plaza o el templo, sino desde la pantalla doméstica y el algoritmo, el nuevo sacristán: reparte penitencias a medida y recomienda con la misma cara con la que antes se repartían estampitas. Y para quien necesite antídoto, ahí sigue La vida de Brian.

También cambia el lugar del artista. Aquel engranaje sostenía talleres, doradores, bordadoras, imagineros y músicos ligados a una comunidad concreta. El actual concentra producción y distribución en pocas manos y convierte el relato en temporada: formatos, audiencias, métricas. La fe, con plan familiar y versión premium.

Para constatarlo sin salir de Gasteiz conviene acercarse al Museo de Arte Sacro, en la girola de la Catedral Nueva, con entrada gratuita. Allí el calendario no se presenta como “para ti”, sino como materia: el Tríptico de la Pasión, con diez escenas narradas a ritmo de tabla; el Cristo Crucificado de Zurbano, que no es Zurbarán sino un pueblo alavés; la Virgen Blanca original, retirada para que no la desgaste la intemperie; y, ya en el barroco, el San Francisco meditando de El Greco, la Lamentación sobre Cristo muerto de Gaspar de Crayer y las grandes telas de Ribera, impresionantes, con su Cristo Crucificado y los apóstoles en formato de pared. Si el año va a traer catequesis, mejor que sea sin autoplay: mirando, no consumiendo.