El Kennedy Center se concibió para que Washington tuviera un lugar donde el poder bajara la voz. Nació como Centro Cultural Nacional: el Congreso lo convirtió en memorial del presidente asesinado John F. Kennedy y subió su persiana en 1971 como casa de artes escénicas: conciertos, teatro, danza, ópera, educación, accesos gratuitos. Un edificio para recordar a un presidente sin convertirlo en marca y para democratizar el acceso a la cultura.
Trump ha entrado por la puerta de servicio: con rotulador de hotel, de los que prometen lujo y dan moqueta. En febrero se hizo con la institución tras expulsar al patronato anterior y nombrar una junta. En diciembre, esa junta votó rebautizarla como Centro Trump-Kennedy y, al día siguiente, sin esperar ni unas horas de cortesía, aparecieron sus letras en la fachada, por encima del nombre original. La cultura como lona publicitaria: se pega el apellido y se espera que el prestigio suba por capilaridad.
Lo más grotesco es el envoltorio: dicen haber “salvado” el edificio, como si el arte necesitara un socorrista con corbata. Y todo eso en un memorial cuyo nombre no es un adorno, sino un acuerdo público: historia por ley, no por ego. Un cambio oficial de nombre pasaría por el Congreso; así que la jugada se parece más a un truco de fachada que a una decisión cultural. Poner letras no es legislar.
En democracias consolidadas existen bibliotecas presidenciales y fundaciones creadas tras dejar el poder. El nombre llega después, cuando el tiempo ha hecho su cribado. Lo que chirría aquí es el autopremio en tiempo real: un gobernante en ejercicio apropiándose de un símbolo cultural para firmarlo como si fuera una torre más. Ha ocurrido alguna vez, con rubor ajeno, como cuando se inauguró en Bolivia un museo dedicado al presidente que aún gobernaba. Aquí el rubor se cambia por neón.
En el mundo de la cultura, la jugada se lee rápido: si el poder necesita colgarse del escenario, es que el escenario le queda grande. Lo que iba a ser “salir en la foto” se convierte en chiste de camerino. Programar un concierto bajo un rótulo que parece de casino no es neutral; es aceptar el decorado. Por eso hay quien se baja del cartel antes de que le bajen el telón: Chuck Redd anuló la Nochebuena; The Cookers, la Nochevieja; Doug Varone and Dancers y Béla Fleck también se borraron.
El asunto, además, funciona al revés. La cultura no blanquea: amplifica. Cuando se usa como escaparate de popularidad, devuelve el reflejo con aumento. Por eso el gesto recuerda a manuales de egolatría: Stalin bautizando un palacio de cultura, Mao convertido en altar estatal. El mecanismo es simple: convertir la institución en espejo del mando.
Trump quería un barniz de respetabilidad y ha conseguido lo contrario: retratarse ante la gente del arte. Las letras en la fachada no le elevan, le rebajan. Y la sala, que sabe leer, se ríe: no del Kennedy Center, sino del señor obtuso que ha confundido un teatro con su escaparate.