Mi hija perrea. Sólo tiene seis años y ya perrea. Casi ni yo sé qué es perrear, ni si tiene algún sentido, no digo ya significado. Pero mi hija perrea. Nos lo confesó ayer noche durante la cena, que suele ser el momento de las confesiones y también de los dramas, estos últimos, motivados por el cansancio y que merecerían una columna aparte. La confesión vino precedida de una sonrisilla picarona. “Sé hacer algo y creo que no os va a gustar”. Claro, si a las madres nos dicen eso ya les imaginamos yendo al estanco, comprando un paquete de tabaco, sacando un cigarrillo y sujetándolo en la comisura de sus pequeños labios para encenderlo con el mechero. No hagáis comentarios, algunas madres somos así, ya está. Así que intentamos sonsacarle la confesión con una calma aterrada, esa que viene antes de que te suelten la bomba atómica. “Cariño, todo lo que tú sabes hacer nos gusta”. Una frase muy de ahora, muy de madres modernas, que os digo yo que es una mentira como una casa. Porque claro que hacen cosas que no nos gustan un pelo pero que, a no ser que pongan en peligro su integridad o la de otras personas, nos las tenemos que comer con patatas. Así es la crianza, amigas. ¿Te gusta que tus hijas pinten las paredes? No señora. ¿Te gusta que destrocen el sofá con sus saltos? Para nada. ¿Te gusta que les guste el fútbol? A mí, no. Pero me aguanto. Porque son niñas que hacen cosas de niñas y porque es inevitable que les gusten cosas que a ti no. Sin embargo, el perreo es una línea roja. Mi hija nos dice entre carcajadas al ver nuestra cara de vinagre que lo ha visto hacer en los dibujos de La Abeja Amaya. Pero estamos seguras de que habrá habido alguna exhibición en uno de esos puntos muertos del parque donde no alcanza nuestra vigilancia. Así que mi hija perrea y lo hace fenomenal. Parece una profesional del perreo. Y a mí no me gusta. Y me toca apechugar. Ay.