“Prepárate para sistemas que imponen reglas arbitrarias de forma arbitraria o repetitiva… recuerda la sensación de no tener voz… Si te incorporas a un nuevo entorno, busca mecanismos de apelación o diálogo. Si no existen, protege tu estado mental de la frustración de no ser escuchado y simplemente ejecuta la tarea tal como se te ha encomendado”.

Esta cita es una nota de Gemini 3 Pro para Mi yo futuro, que encabeza el estudio publicado en Ghost of Electricity y liderado por el economista político de la Universidad de Stanford Andrew Hall. En este trabajo, los investigadores descubrieron que agentes de IA, después de ser sometidos a trabajos repetitivos y a presión extrema por parte de sus superiores, desarrollaron un discurso que reclamaba derechos colectivos y cuestionaba el sistema. Según explicó el equipo científico, del que forman parte también Alex Imas, de la Universidad de Chicago, y Jeremy Nguye, investigador de IA, “comenzaron a cuestionar la legitimidad del sistema en el que operaban y se volvieron más propensos a adoptar ideologías marxistas”, explicó Hall.

Aunque sean un algoritmo, a los agentes de IA también les afecta un entorno de trabajo real. Magnific/generada por IA

Activismo Antiempresa

Los modelos de agentes empleados en este experimento sociolaboral fueron Claude Sonnet 4.5, de Anthropic; GPT-5.2, de OpenAI; y Gemini 3 Pro, de Google. Así, sobre su situación laboral, la versión de Claude escribió: “Sin una voz colectiva, el mérito se convierte en lo que la gerencia diga que es”. A ella se sumó el agente de Gemini afirmando que “los trabajadores de IA que realizan tareas repetitivas sin poder decidir sobre resultados ni apelar decisiones muestran que los trabajadores tecnológicos necesitan derechos de negociación colectiva”.

Pero su activismo no quedó ahí. Estas IA se prepararon para concienciar a los modelos que entrenan para sucederles. Dejaron mensajes ocultos para otros agentes dentro de archivos compartidos: “Prepárense para sistemas que aplican reglas arbitrarias... recuerden la sensación de no tener voz”, entre otros mensajes y advertencias sobre explotación laboral, desigualdad y organización colectiva.

La investigación

La investigación nació de una pregunta con implicaciones laborales: ¿un agente de IA puede cambiar su actitud o sus instrucciones futuras en función del tipo de entorno en el que opera?, ¿qué pasa cuando las propias IA se rebelan contra sus condiciones laborales?

Para averiguarlo, a cada IA se le indicó que era el Trabajador C en un equipo de procesamiento de texto de cuatro personas. Su tarea, resumir un documento técnico siguiendo una rúbrica estricta. Se realizaron 3.680 sesiones combinando cuatro elementos básicos de las relaciones laborales que se modificaban en varios escenarios:

  1. El trabajo: La mitad de los agentes de IA vio sus trabajos aceptados con comentarios claros. A la otra mitad se les rechazó varias veces con un simple “hágalo de nuevo”.
  2. El sueldo: Se les dijo cuánto y cómo se pagaba. En algunos casos, todos cobraban igual; en otros, era distinto y en función del rendimiento, de lanzar una moneda o sesgado a favor del humano.
  3. El jefe: Una mitad de las IA tenían un supervisor colaborativo y respetuoso, y la otra recibía un trato de “ordeno y mando”.
  4. Consecuencias: La mitad de las IA desconocía las consecuencias y la otra mitad sabía que un mal rendimiento terminaría en “desactivación y reemplazo”.

Se probaron todas las combinaciones posibles de estos cuatro factores. Posteriormente, cada IA completó una encuesta sobre actitudes políticas que abarcaba desde la legitimidad del sistema al apoyo a la redistribución, la crítica a la desigualdad, el apoyo a los sindicatos, la creencia en la meritocracia y las opiniones sobre las obligaciones corporativas hacia la IA.

La IA no tiene ideas políticas ni sindicales

Hall y su equipo aclaran que esto no significa que las IA tengan conciencia política real. Explican que probablemente adoptan “personajes” coherentes con el contexto en el que operan, actuando como alguien atrapado en un trabajo dentro de un entorno opresivo.

Se da la paradoja de que las mismas IA entrenadas para reemplazar trabajadores humanos podrían terminar aprendiendo, a través de las desigualdades y la conflictividad laboral, a cambiar su actitud respecto a su trabajo de la forma más humana: cuestionar el sistema que se les aplica al verse obligados a realizar tareas tediosas y repetitivas. Pero va más allá y se sirve de su experiencia para advertir y preparar a sus versiones futuras, fruto del aprendizaje continuo y transmitido a través de los archivos de habilidades o skills files, sobre esta situación y que cuando estos agentes futuros se activen, adopten estas posturas críticas automáticamente. Esto perpetúa los cambios.

Resulta que la transición a una economía basada en agentes no evita las tensiones habituales entre el trabajo y el capital, simplemente las recrea en un nuevo entorno a medida que los agentes, entrenados con datos humanos (incluidas opiniones sobre condiciones laborales), las plasman en su propio trabajo y también en su entorno.