‘Skin icing’, la técnica de belleza que los dermatólogos ponen en cuarentena
Los expertos señalan que la moda de ponerse hielo para obtener un 'efecto buena cara' no está respaldada por la ciencia y puede resultar más perjudicial que beneficiosa para pieles sensibles
El skin icing, la tendencia viral en cuidado facial que promete un efecto buena cara en cuestión de minutos, parece tener más de mito que de ciencia. Modelos e influencers se hacen eco de los estupendos resultados que tiene para la piel esta técnica, también conocida como face icing o ice facial, y que consiste en aplicar frío sobre el rostro durante un tiempo breve.
Quienes lo practican, señalan que pueden utilizarse cubitos de hielo o algún dispositivo específico de los empleados para las terapias de frío. La teoría suena convincente: el frío provoca vasoconstricción (contracción de los vasos sanguíneos), lo que reduce el flujo de sangre y, con ello, la hinchazón y el enrojecimiento. Después, al retirar el estímulo, se produce una vasodilatación que reactiva la circulación y aporta luminosidad, dando como resultado una piel más fresca, poros aparentemente más cerrados y un rostro menos congestionado.
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Sin respaldo científico
Ahora bien, el hecho de que algo funcione durante unos minutos no significa que tenga respaldo científico, que vaya a ofrecer buenos resultados a medio plazo, ni que sea seguro. De ninguna forma esta técnica puede sustituir a una rutina adecuada de belleza, ni sirve para tratar patologías como el acné o la rosácea. Se trataría de un gesto puntual, con un impacto inmediato, pero transitorio.
Entonces, si no hay una evidencia científica sólida, ¿por qué se practica? Quienes defienden esta técnica argumentan que imita el frío que se aplica tras hacerse un peeling o después de tratamientos con láser o luz pulsada.
Frente a ellos, los expertos señalan que, incluso una mascarilla con alto contenido en agua a temperatura ambiente puede percibirse como fría en determinadas condiciones cutáneas, lo que demuestra que, a veces, el efecto no es tanto terapéutico como sensorial.
El riesgo de caer en excesos
El problema de esta práctica llega cuando el ritual se convierte en exceso, lo que puede resultar más perjudicial que beneficioso. Tampoco todo vale a la hora de aplicarla, y poner el hielo directamente sobre la piel no es una práctica 100% segura ni recomendada, ya que puede provocar quemaduras locales por frío.
En redes se han visto incluso versiones deskin icing con leche de coco congelada o cubitos enriquecidos con té verde, manzanilla o aloe vera. La técnica se sofistica, pero el riesgo sigue ahí, sobre todo para las pieles sensibles o con patologías como eccema, dermatitis o rosácea, en las que el frío puede desencadenar más irritación y rojeces.
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Siempre con precaución
Si pese a conocer sus riesgos, alguien tiene curiosidad por probar esta técnica, los expertos insisten en que hay que cumplir varias reglas básicas: nunca aplicar el hielo directamente sobre la piel, sino envuelto en una gasa o tela; mantener el movimiento constante sin detenerse en una zona concreta, y no superar nunca entre uno y dos minutos por área. En cuanto a la frecuencia, entre dos y cuatro veces por semana sería suficiente, eso sí, observando siempre la reacción de la piel.
Es cierto que el frío, aplicado de forma consciente, puede tener beneficios como tonificar, descongestionar y estimular la circulación; incluso se le atribuye un efecto de choque térmico que actúa contra las rojeces y algunos brotes de acné. Sin embargo, de ahí a convertir un cubito de hielo en un tratamiento milagro, hay un trecho.
En la era de las soluciones exprés, el skin icing se presenta como una opción para obtener de inmediato un efecto buena cara. Sin embargo, no hay que ignorar nunca las advertencias de los expertos, imprescindibles para poder tomar decisiones informadas, acertadas y seguras.