La Leze descubre nuevos tesoros
Las excavaciones en el yacimiento alavés han sacado a la luz restos de viviendas, herramientas y estructuras de la era neolítica
El entorno de la espectacular cueva de la Leze, a escasos kilómetros de la localidad alavesa de Araia, guarda bajo su suelo un testimonio de las primeras comunidades que comenzaron a transformar su modo de vida en el Neolítico. Las excavaciones en el yacimiento La Fuente de La Leze han sacado a la luz restos de viviendas, herramientas y estructuras que apuntan a la existencia de un pequeño asentamiento humano de entre hace 7.500 y 5.000 años. Cada año, entre los meses de septiembre y octubre, un grupo de entre 5 y 7 personas trabajan en el lugar para realizar excavaciones.
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El arqueólogo Mikel Beorlegi explica que los trabajos han permitido confirmar varias fases de ocupación en el lugar y reconstruir, poco a poco, cómo vivían estas comunidades neolíticas. Este trabajo se realiza con el apoyo del Ayuntamiento de Asparrena, del Departamento de Cultura de la Diputación Foral de Álava y de la Fundación Vital.
Las primeras noticias sobre la existencia de restos arqueológicos en la zona se remontan a 1929. Ese año, el investigador alavés Enrique Eguren publicó un estudio en el que mencionaba la aparición de pedernales tallados en las inmediaciones del arroyo cercano a la cueva de La Leze, la cueva de los Gentiles y del yacimiento de Allaran.
Sin embargo, la referencia no precisaba el lugar exacto. “Había una publicación de Eguren de 1929 en la que hablaba de unos yacimientos cercanos a esta zona, pero tampoco había una precisión sobre en qué punto estaban”, recuerda Beorlegi.
Décadas después, un equipo de investigación retomó esa pista dentro de un proyecto arqueológico iniciado en 1988 para localizar y catalogar yacimientos al aire libre en el entorno de Araia y Burunda. Durante las prospecciones, el equipo empezó a visitar con frecuencia el lugar, hoy convertido en un merendero frecuentado por excursionistas. Allí comenzaron a aparecer pequeños fragmentos de sílex. “Íbamos muchas veces al merendero para empezar a trabajar en la zona. Y allí siempre aparecía algo”, explica el arqueólogo.
Esa intuición llevó a realizar unas primeras catas en 1991, aunque en aquel momento los resultados fueron escasos. El proyecto quedó en pausa durante varios años, hasta que se retomó la investigación en la década de 2010. Las primeras campañas de excavación permitieron descubrir algo que los investigadores no esperaban encontrar en un lugar tan transitado. “Localizamos varios niveles de ocupación culturalmente relacionados con el Neolítico más antiguo conocido en la zona”, señala Beorlegi.
La estratigrafía descubierta reveló diferentes momentos de ocupación del lugar. Con el paso de las campañas aparecieron estructuras domésticas, suelos preparados y restos de construcciones circulares que sugieren la existencia de un pequeño poblado.
Las primeras noticias sobre los restos arqueológicos en la zona se remontan a un estudio realizado por Enrique Eguren en 1929
Entre los hallazgos más significativos destaca el fondo de una cabaña circular perteneciente a las fases más antiguas del asentamiento. Las dataciones por carbono 14 sitúan estos niveles entre comienzos del VI milenio y el IV milenio a. C.
Se trata, por tanto, de un periodo clave de la prehistoria europea: el momento en el que las comunidades humanas comenzaron a abandonar el nomadismo y a consolidar una economía basada en la agricultura y la ganadería.
Según Beorlegi, el yacimiento muestra que el lugar no fue ocupado una sola vez, sino de manera recurrente: “Han aparecido varios niveles, lo que indica que el lugar era ocupado repetidamente y que se hacían construcciones de distintos tipos”.
Uno de los descubrimientos más recientes ha sido la identificación de un sistema perimetral asociado a las terrazas donde se asentaban las viviendas.
Los investigadores han constatado que estas plataformas no eran únicamente formaciones naturales, sino que probablemente fueron acondicionadas por los propios habitantes del asentamiento. “Hemos localizado una especie de zócalo o estructura perimetral que rodea estas terrazas. Eso podría indicar la existencia de una empalizada que delimitaría el espacio”, apunta Beorlegi.
Este posible cerramiento podría ser un indicio de una organización espacial incipiente dentro del asentamiento, algo parecido a una pequeña aldea neolítica.
Herramientas y talleres
Las excavaciones también han recuperado un importante conjunto de materiales que ayudan a reconstruir las actividades cotidianas de estas comunidades.
Entre ellos destacan numerosas herramientas de sílex, como puntas de flecha, raspadores, perforadores, raederas o pequeñas sierras. “Son elementos muy pequeños trabajados en sílex que funcionan como indicadores culturales, igual que hoy una moneda nos puede indicar una época”, explica el arqueólogo.
También han aparecido láminas denticuladas que formaban parte de hoces utilizadas para la siega, así como piezas pulimentadas de ofita —una roca volcánica similar al basalto— que pudieron formar parte de hachas, martillos o instrumentos de molienda.
El yacimiento ha revelado además zonas destinadas a la fabricación de herramientas. “Hemos encontrado lugares donde preparaban las herramientas de piedra, zonas de talla y otros espacios dentro de las viviendas donde aparecen herramientas ya más elaboradas”, señala Beorlegi.
Un paseo por el yacimiento de Arkaia
Junto a estos objetos han aparecido fragmentos de cerámica cocida a baja temperatura. Debido a su fragilidad, los recipientes se han conservado muy fragmentados.
La elección del lugar para establecer el asentamiento no parece casual. El yacimiento se encuentra ubicado en el sotobosque al sur de la Sierra de Altzania, junto al arroyo Lotabarri, cerca de la fuente homónima. Se encuentra a escasa distancia de la enorme cueva de La Leze, que en realidad es un gran conducto subterráneo de carácter kárstico. Por lo que la ubicación cuenta con abundantes recursos naturales. Las comunidades neolíticas buscaban lugares con agua permanente, materias primas y condiciones favorables para la vida cotidiana. “La corriente de agua permanente era un elemento fundamental”, explica Beorlegi.
Además, el entorno ofrecía otros recursos estratégicos: arcilla para fabricar cerámica y revestir suelos y paredes, sílex para elaborar herramientas y un paisaje protegido por las propias terrazas naturales del terreno.
La proximidad de la cueva también pudo tener un significado simbólico o cultural. “La Cueva de la Leze no es realmente un lugar habitable, es un río que atraviesa la montaña. Pero es un sitio espectacular que seguramente también tendría un significado para las comunidades de aquella época”, señala el arqueólogo.
Las campañas de excavación se realizan cada año entre mediados de septiembre y mediados de octubre, con equipos de entre cinco y siete personas
Los investigadores consideran que el enclave es especialmente relevante dentro del panorama arqueológico del norte peninsular. Las dataciones obtenidas lo sitúan entre los asentamientos neolíticos más antiguos identificados en una amplia región.
El yacimiento muestra la superposición de dos grandes fases de ocupación que abarcan desde los inicios del VI milenio hasta el IV milenio antes de nuestra era.
En sus fases más recientes, las comunidades que habitaron el lugar ya estarían vinculadas a los primeros ritos funerarios del megalitismo, contemporáneos de la construcción de dólmenes.
Al mismo tiempo, estas sociedades habrían adoptado plenamente los nuevos modelos productivos del Neolítico, basados en la domesticación de animales y el cultivo de plantas.
Un proyecto aún abierto
A pesar de los avances, los investigadores subrayan que aún queda mucho por descubrir bajo el suelo del enclave. “Estamos hablando de hace 7.500 años. Es un mundo del que solo tenemos evidencias y hay que estudiarlas mucho para saber realmente qué ocurrió”, recuerda Beorlegi.
Las campañas de excavación se realizan cada año entre mediados de septiembre y mediados de octubre, con equipos de entre cinco y siete personas vinculadas con la asociación Asparrenakoak, el Instituto Alavés de Arqueología, el Instituto Koldo Mitxelena y la EHU. Durante el resto del año el terreno vuelve a cubrirse cuidadosamente para proteger las estructuras de las personas que se acercan al merendero.
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