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Desmasificando

26.03.2021 | 00:34
Iñaki Larrimbe

Casi un siglo ha pasado desde que el filósofo Ortega y Gasset escribiera La rebelión de las masas. Se anunciaba el fin de una era, más centrada en el individuo, y el comienzo de otra con un cambio de protagonista: la masa, un nuevo sujeto social, entraba en escena. Sobre ella se alzará una nueva sociedad. La masa ya no trabajará entre bambalinas, sino que saltará al escenario a actuar. "La muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay coro", escribía el filósofo. A grandes rasgos, muchos movimientos sociales, políticos, económicos tanto de derechas como de izquierdas fueron al encuentro de ese hombre masa: fascismo, comunismo€ Grandes y numerosos logros sociales se consiguieron por el camino, pero también se cometieron enormes errores: no hay que olvidar que quién lidera a las masas controla a la sociedad en su totalidad.

Los medios de comunicación, las industrias culturales€ van al encuentro de las masas. Con una cultura orientada hacia ellas en la que su alma colectiva pueda mirase y reconocerse. Obviamente la cultura tiene que existir para que todo el mundo la disfrute, pero sus productores, los artistas, tienen que ir más allá de la mera oferta de vacuo entretenimiento o ésta acabará perdiendo sus positivos valores, vulgarizándose. El artista puede caer en la tentación de intentar buscar en su hacer un rápido éxito social ofreciendo productos de fácil digestión para esta numerosa sociedad de masas. O, por el contrario, puede apostar por cocinar platos para exigentes paladares corriendo así el peligro de ser acusado de pedante y elitista. Realizar arte, cultura, entraña por lo tanto una gran dosis de responsabilidad.

La cultura, al igual que la ciencia, no puede ser producida por las masas sino por personas que se distancien de aquellas para crear, pero que al mismo tiempo piensen en ellas como queridas destinatarias. Hay que buscar, por lo tanto, un equilibrio entre los dos caminos antes mencionados: vulgaridad y excelencia.

Si nos alejamos del confort de la masa, de los gustos imperantes, y nos arriesgamos a buscar platos atípicos de sorprendente sabor y con valiosos nutrientes, no hay duda de que los podemos encontrar en las orillas de esta sociedad masificada. Ayer mismo se presentaba en Zuloa Los estados de la materia. Relatos de artistas trabajando, escrito –y también dibujado- por Arturo/Fito Rodriguez. Un conjunto de chispeantes narraciones en las que sus protagonistas son artistas anónimos que nos van relatando su intenso proceso creativo. Artistas apartados del pensamiento dominante reflexionando sobre el sentido de su trabajo y, también, sobre su propia vida desde una profunda individualidad con la libertad como bandera.

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