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Tribuna abierta

Iñaki Anasagasti

El balcón del Carlton

El inicio de la transición hacia la democracia fue como la experiencia de estar metido en un Túrmix. Cada día ocurría algo nuevo y algo se había de improvisar. Veníamos de la nada política. O peor. De la persecución preferencial. De ahí que un día de tantos me dicen que en el hall de nuestra oficina del BBB hay una persona que quería hablar conmigo. Era un señor alto, distinguido, de hablar pausado. ”¿Usted sabe que en septiembre se cumplen veinte años del Congreso Mundial Vasco celebrado en París y donde el Lehendakari Agirre hizo un descargo de lo hecho por su gobierno desde 1936?. Me tiene usted que conseguir su intervención por favor”. Se trataba de Leopoldo Zugaza, el gran editor y creador de la Azoka de Durango. Removí Roma con Santiago y encontramos las cintas del discurso que había leído al principio e improvisado en su segunda parte.

Leopoldo se tomó el trabajo de escuchar y transcribir las cintas y editar un pequeño libro de 128 páginas con todo el interesantísimo discurso. Lo pagó de su bolsillo. Al poco, volvió a visitarme para entregarme Veinte años de Gestión del Gobierno Vasco. Me pidió que le consiguiera los libros editados y encuadernados del Diario Oficial del Gobierno Vasco de 1936. Aquel gobierno milagroso había creado una administración de la nada en plena guerra y él se tomó el trabajo de reeditar los decretos en tres tomos. ”Mire joven. Aquello fue un milagro que ilustra nuestra mentalidad institucional y las nuevas generaciones tienen que saber que las personas pasan pero las Instituciones han de pervivir. Y de lo que hicieron no sabemos nada”. Recibí ese día una gran lección. Ojalá en el actual Departamento de Cultura hubiera personas con la misma mentalidad y sensibilidad.

Agirre resumía su gobierno así: “Un cristianismo democrático, un liberalismo fundado en principios democráticos, y, finalmente un socialismo humanista, y por lo tanto, fiel a los principios de la democracia, son los elementos que bajo un denominador común, respetuoso con la libertad política y social que el hombre reclama, constituyen los elementos sobre los cuales ha sido posible realizar un ensayo, que yo deseo sirva de ejemplo y de eficaz instrumento ,de progreso y de orden, en los tiempos presentes y en los que han de venir”, fue lo primero que dijo en 1956 el Lehendakari.

Cuando vi el pasado martes al actual Gobierno Vasco, con el Lehendakari Pradales al frente, en el balcón del hotel Carlton, sede de aquella Presidencia, retomando el hilo histórico y el cartel que el fascismo había descolgado con alborozo y retaliación, me acordé de Leopoldo Zugaza y su mirada institucional uniendo aquel pasado con su proyección al futuro. Ha sido una gran foto. Ojalá cada año se repita.

Los Lehendakaris Garaikoetxea, Ardanza y Patxi López lo recordaron en la sala de Juntas de Gernika. El Lehendakari Ibarretxe celebrando un Consejo de Gobierno en la Diputación de Bizkaia donde se reunió por primera vez el Gobierno Vasco tras la jura de Gernika y el Lehendakari Urkullu en el Palacio La Puente de Trucíos en el 85 aniversario del Manifiesto. Y en 2012, en ese Balcón, Laura Mintegi con su candidatura de Bildu.

Y es que este año 2026 se conmemoran no veinte, sino 70 años de aquel Congreso Mundial de París, en pleno exilio, y 90 de la aprobación del primer estatuto en el Congreso y del primer gobierno con su ikurriña y su himno y sus tres tomos de decretos por lo que creo es imprescindible hacer un esfuerzo de retomar ese hilo histórico, y hacerlo muy visual y pedagógico, porque las nuevas generaciones no tienen ni idea de aquella historia boreal. Ni idea.

Puede usted volver

El 23 de octubre de 1977 el presidente de la Generalitat, Josep Tarradellas, volvió a Barcelona tras 38 años de exilio y tras unas negociaciones con el presidente del gobierno español Adolfo Suárez se le reconoció su cargo de presidente de la Generalitá preautonómica. No era más que la Diputación de Barcelona con Tarradellas de President dándole empaque, aunque sin competencias. Y así como había vuelto aquel gigantón sin gobierno, comenzó un acoso político para que hiciera lo mismo el Lehendakari Leizaola quien sí presidía un gobierno en el exilio. El EBB, conjuntamente con el Lehendakari, nos negamos a ello. ”Volverá con un Estatuto aprobado y con más competencias”

“Quijotadas principistas de estos puñeteros vascos” dijeron en Madrid y ante nuestra negativa tuvieron que reconocer la creación del Consejo General Vasco en enero de 1978. Un año después y tras una dura negociación en 1979 se produjo el referéndum autonómico que aprobó el estatuto de Gernika. Ante esa realidad y con un nuevo estatuto y con más competencias, nos reunimos con el Lehendakari en Bayona y le pedimos volviera a casa. ”Misión cumplida, Lehendakari”.

Me tocó con Begoña Ezpeleta contratar un avión de Aviaco que le recogió en París y con su familia y lleno de periodistas tomamos tierra en Sondika el 15 de diciembre de 1979. El comandante, cerca ya de llegar, nos anunció por la megafonía del avión: ”Lehendakari, estamos volando en el espacio aéreo vasco”. Más de una lágrima de emoción brotaron espontáneamente. No era para menos. Aquel gran símbolo de nuestra historia cumplía el deseo del Lehendakari Agirre con su despedida en Trucíos. Sentado con su nieto e hija al lado y su sombrero en las rodillas era la viva imagen de 40 años de una dignidad sin par.

Y del apoteósico recibimiento en el aeropuerto a un San Mamés lleno hasta la bandera. Y no era fácil llenar San Mamés pero en aquellos años la capacidad de movilización era increíble. Y tras el mitin, la cena oficial en el Carlton. Pujol no pudo aterrizar, volvió a Barcelona y llegó por carretera.

El camarero

Fue un placer recorrer con Leizaola las dependencias de aquella “Lendakaritza”, sin h. El director nos presentó a un camarero albaceteño Miguel Martínez que sirvió a Agirre y al Gobierno Vasco ”Recuerdo cómo se instalaron las oficinas del Gobierno Vasco y cómo se realizaron una serie de obras para el acondicionamiento ya que hasta el comienzo de la guerra había servido para recoger refugiados. Y más de una vez bajamos al refugio del sótano ante el anuncio de las bombas. Como anécdota les he de decir que el Lehendakari Agirre me concedió una asignación mensual para que aprendiera euskera y, aunque he callado estos años, en este hotel se conservan varias cosas que usaba el presidente. Quedan dos sillones que los quiso adquirir un vasco exiliado en América. Y vean ustedes. Mirando a la fachada, a la derecha del Balcón estaba el despacho del Sr. Rezola, que era quien se ocupaba de Defensa. A la izquierda trabajaba el secretario Basaldua. Recuerdo que había también un comedor e incluso una vajilla con el escudo vasco grabado”.

El hotel Carlton preside la Plaza Elíptica de Bilbao. Fue edificado entre 1919 y 1926. Es una construcción hotelera exenta y ejemplo tardío del estilo Segundo Imperio. Además de su interés arquitectónico el edificio tiene un gran significado histórico y simbólico, ya que fue sede del primer Gobierno Vasco (Lendakaritza ponía en su balcón). En los años ochenta estuvo a punto de ser derribado por la especulación urbanística. Se salvó en el último segundo. Le dijimos a sus dueños: ”No lo vais a derruir. Vamos a rodear el edificio con exgudaris y gente joven”. Y ahí está, con su balcón. El Consejero Santiago Aznar me había comentado la emoción que sintieron en 1936 viendo un desfile de gudaris y milicianos, desde el balcón, pasando ante ellos. ”La mayoría iban a morir en el frente”.

Allí tuvo su despacho el Lehendakari Agirre y de allí partió para Trucíos, Santander, Barcelona, asentándose posteriormente en su largo exilio parisino donde murió hace ahora 66 años.

El Carlton, aquellos días aciagos, tuvo vida propia. Por eso le solicitamos a quien fuera Secretario de Sanidad Militar a los 23 años, José María Bengoa, que nos relatara el ambiente que se vivía en el Carlton. Bengoa, médico, exiliado en Venezuela, fue representante de este país en la OMS en Ginebra. Su hijo Rafa Bengoa fue Consejero de Sanidad y él, José Mari, con Andrés Aya Goñi, uno de los fundadores de Osakidetza. Nacido en las Siete Calles era del EAJ-PNV.

Esto es lo que me contó del ambiente del Carlton donde tenía él asimismo su despacho: “Al crearse el Gobierno Vasco, el Lehendakari se instaló provisionalmente en la Diputación de Bizkaia. Al concluirse las obras de adaptación en el Hotel Carlton, que se hicieron en pocas semanas, el Gobierno pasó a este edificio, donde se organizaron las oficinas de la Presidencia y de la Consejería de Defensa, ya que Aguirre ocupó los dos cargos. En la Presidencia tenía como Secretario General a Antón Irala y en Defensa a Joseba Rezola.

Durante diez meses, diariamente, alternamos entre el optimismo y el pesimismo. El optimismo nos llegaba de la voz del Lehendakari, para quien nunca existieron dificultades que no pudieran superarse. El pesimismo venía, de un visitante diario al Carlton, el Coronel Montaud, Jefe, del Estado Mayor de Euzkadi. Era un pesimismo no derrotista sino más bien constructivo, pero que contrastaba con la fe en la victoria del lehendakari. El Coronel Montaud, que vivió exilado muchos años en Venezuela, por seguir –según él decía– los consejos de su madre de que no se sublevara, nunca, basaba su pesimismo en la falta de armamento adecuado.

“Mire usted, Presidente, decíale Montaud al lehendakari paseando por el balcón, yo quisiera que nuestro armamento fuera de oro, pero es de plomo, y el plomo es gris, pesado, blando y no es que yo le tenga rabia, al plomo, Presidente, es que el plomo es así”. El Lehendakari solía entonces hablar de la fuerza moral de los vascos, de algunas epopeyas en el pasado y algunas actuales, y terminaba imputando a Montaud dejarse llevar por un pesimismo excesivo. Terminaban abrazados, porque sabían que los dos tenían algo de razón.

En el Carlton se trabajaba mucho y se comía muy mal. La ración era la misma claro está, que la que padecía la población civil, pero en menor cantidad. El único que tenía una ración extra de un pote de leche condensada, que se lo comía con fruición y regodeo, era el periodista inglés Steer, que años más tarde escribiera el libro El Árbol de Guernica. El Lehendakari comía los garbanzos cocidos como todos los demás.

Punto final. Esa foto del balcón ha estado muy bien. Ojalá se repita anualmente.