Quiero pediros que por un momento hagáis un ejercicio de memoria: cerrad los ojos y pensad en cuando erais niños. ¿Qué recuerdos os vienen a la cabeza de las fechas navideñas? No sé si a todos pero al menos a mí se me dibuja una sonrisa en la cara al recordarlas. Sobre todo cuando pienso en el momento en el que ponía el árbol con mi madre, pasábamos tiempo en familia, esperábamos en casa de mi abuela María los regalos del Olentzero o cuando escuchaba los redobles de los tambores de la cabalgata de los Reyes Magos de Zumaia. Con el paso de los años, esos sentimientos de felicidad por la Navidad se habían ido apagando en mí, pero ahora hay alguien que está haciendo que vuelvan a encenderse: mi hija June. La verdad es que no hay nada mejor que preparar la Navidad cuando tienes a una pequeñaja revoloteando por casa. La semana pasada aprovechamos los días de fiesta para poner el árbol y decorarlo con todo tipo de bolas y peluches –sí, peluches– que June quería colgar de él. Lo que no sabíamos era que con el encendido del árbol también íbamos a activar la magia en casa. June está emocionadísima y a mí me ha devuelto la ilusión. Hemos tenido que decorar hasta la puerta de casa. Es el primer año que es consciente de todo y tiene tanta ilusión por la Navidad que, sin querer, ha contagiado a cada rincón de la casa. ¡Que ya vienen!
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