Apague la televisión, princesa

05.09.2021 | 23:51
Apague la televisión, princesa

Querida Leonor: Ignoro si su situación es como la del poema de Rubén Darío –"la princesa está triste, qué tendrá la princesa"–, reconozco que su situación me importa tanto como la cría de pavos reales en Costa Rica. Reconozco mi falta de interés y siento no haber visto la emotiva despedida de sus padres –SS.MM.– en Barajas. Según he sabido, las cámaras recogieron el momento y se vio a sus reales progenitores acompañados de su hermana, despidiéndole con infinitas muestras de cariño. Me perdí este acontecimiento, como me estoy perdiendo muchos más que pasan en el mundo, porque tengo una vocecita interior tranquilizadora que me dice: "Apaga la televisión". En ese querer apagar, a veces no llego a tiempo y me quedo con retazos que me hacen perder el sueño por la noche. Vivo dentro de un zapping continuo. Se me van uniendo en el aire imágenes dislocadas que, fuera de contexto, son un auténtico caos.

Y ya ve, como todo va a saltos, veo que la tierra y el cielo se han enfadado. En vez de agua cae de las nubes barro, en ciudades tropicales el clima pone nieve donde había palmeras. No podemos dirigir el mundo, ni evitar que se descontrole. Esta tierra enrabietada, como una niña pequeña, se ha puesto a tirar hielo y nieve donde nunca sabían qué era eso de una coagulación del agua en un menudo copo de aparente algodón. Se suceden los incendios, los volcanes rugen y de pronto sentimos un inmenso miedo porque eso no pasaba nunca. Los más apocalípticos piensan que hay unas fuerzas ocultas que están moviendo el planeta.

No sé si a usted, alteza, le importan todas estas historias que están volviendo el mundo al revés. Quizás prefiera ver una película de Netflix con príncipes que van a la guerra y regresan con medallas y gorras de húsares con plumas para besar a su amada. La realidad –la sigo viendo sin querer– nos muestra a soldados desgastados que regresan a su país después de diez años de impotencia (ellos no deciden, son su presidentes) dejando las ilusiones subidas en una nube. Tiene que ser desolador esa vuelta a casa descorazonada.

Le estoy escribiendo esta carta porque se están hundiendo los sueños de mi vida que yo, ingenua, creía grandes posibilidades de futuro. Cuando era pequeña –mucho más pequeña que usted– mi pueblo, Barakaldo, era El Dorado. De toda España venían emigrantes a trabajar en Altos Hornos de Vizcaya, Sefanitro y la Naval. En casa siempre había alguien de paso que dormía en alguna cama vacía. Ascen, que ayudaba a mamá, se trajo a su marido, a los hermanos de su marido, a los primos... Todos se fueron colocando y creo recordar que a todos les tratábamos con cariño. Pero ahora no podemos meter a tantos emigrantes en un pueblo ni tampoco en toda Europa. Los países prometen ayudas, pero no saben cómo poder cumplirlas.

En un kiosco he comprado un librito –más un folleto– del año que nací yo. Puedo imaginar la situación del mundo como una nube de niebla. Hitler se suicida en un búnquer, Mussolini ejecutado, en Núremberg se procesa a un grupo de nazis, se inicia la guerra atómica en Hiroshima y Nagasaki, se fundan la ONU y la Unesco. Un meteorólogo decía que las bombas producen terremotos artificiales (¿será verdad?). Sin embargo, mi madre siempre recordaba que yo llegué cuando se terminó la guerra. Era el lado positivo de un caos internacional.

La historia se repite periódicamente, aunque siempre más cruel. Hemos visto en directo la ejecución de Bin Laden, el ahorcamiento de Sadam Husein, las bombas que destrozan joyas de la humanidad, asesinatos a sable delante de una cámara para que nadie se pierda la crueldad del momento de ver rodar una cabeza humana como si fuera una pelota. Ya no queda nada por imaginar ni por sufrir. Los políticos han dicho todas las palabras que sabían, los aviones han volado todo lo que han sido capaces, pero todo sigue igual.

Querida princesa, usted, desde Gales, igual ve la situación más lejana. Debe ser complicado prepararse para ser reina de un país. Siempre puede apagar la televisión y pensar que su reinado será en Nunca Jamás, donde todas las miserias se cubren con un manto de tul ilusión. Será difícil, pero puede lograrlo. Quizás necesite –por probar– ponerse un burka. Cuando estuve en Siria –me avergüenza ahora– me compré uno para disfraz de Carnaval. Pero las mujeres de Afganistán siguen con ese vestido, coraza, cárcel, sin poder ver el mundo desde una rejilla que les impide respirar. Burkas pesados, negros, tupidos, con ventanillas de hilos entrecortados por donde no pasa la luz ni el aire. Todos mis principios se han ido rompiendo porque mis expectativas ante el día a día no se han ajustado a mis tópicos grabados a fuego en mi cabeza. Kabul se ha convertido en una ciudad que, en sus dimensiones, ha metido todo lo que queríamos y no podíamos. ¿Cómo quitar un velo a una mujer de Afganistán? Es imposible. No se puede conseguir lo que es imposible por mucho que digan que el mundo va a conspirar a tu favor para que ocurra.

Esta mañana llueve y no quiero pensar que el cielo se enfurruñe también en Euskadi y los coches naden por la calles llevados por la corriente, como patitos de goma, pero sin ser amarillos.

Querida princesita, seguro que por las noches sus majestades le llamen por Skype y le digan: "Cariño, no abras la televisión. No te distraigas. Tú estudia y piensa en el futuro".

¿Cuál será el futuro? Yo he decidido pedir a las hadas que me duerman durante un siglo y cuando me despierte igual el mundo se ha serenado. Quiero borrarme temporalmente de la realidad. Teniendo en cuenta que sois princesa, igual las hadas puedan venir a mi casa y me concedan este deseo

Mientras, querida Leonor, apague la televisión. * Escritora y periodista

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