El problema cero

02.11.2020 | 00:43

El coronavirus no es el enemigo, es solo un adversario biológico no inteligente, el enemigo son nuestras formas de pensar, actuar, organizar y dirigir la vida de los humanos. Sin visión de largo, desdeñando el valor del conocimiento, compitiendo por todo, errando en la felicidad, abandonando el planeta, despoblando el campo, engañando a las normas colectivas, llevando la tecnología solo a los negocios y no a la sociedad

Seguramente lo hemos olvidado. El paciente cero era el identificado como origen de los contagios allá por marzo, ahora los hay a cientos, desconocidos, y ya no son noticia. Lo mismo pasa con la pandemia. El problema cero no es el virus, y ahora lo vemos al aflorar muchas cuestiones que nos amplían la visión de lo que nos pasa. Decir que hay que cambiar para resolver los problemas graves es muy frecuente, pero cambiar para que no se repitan es más difícil. Decir que hay que poner más recursos en los sistemas actuales es correcto a corto, pero no construye soluciones a futuro. Las soluciones que debemos adoptar provienen de dar respuesta a las preguntas correctas, que son las que se centran en los orígenes de los problemas. Decir que el coronavirus es el enemigo es otorgarle una categoría de ser vivo con una capacidad de decisión, que no tiene. Así, siguiendo estos falsos relatos limitamos el diseño de las soluciones a la provisionalidad de lo inmediato y a la carga de la responsabilidad en los otros, pretendiendo inútilmente evitar así lo que nos está pasando.

Los cambios más fundamentados comienzan cuando cambiamos las preguntas, porque aunque ya tengamos las respuestas convencionales a las preguntas de siempre, estas y sus respuestas obvias no valen para avanzar. En este sentido podemos intentar resolver esta pregunta: ¿es el coronavirus el enemigo de verdad? Es cierto que si no existiera no tendríamos este problema y también es cierto que con otras capacidades sociosanitarias, otras prioridades económicas y otros modelos de movilidad y cuidados el problema no habría sido tan notorio. Resolver acusando al coronavirus evita buscar y valorar las acciones y condiciones creadas por nosotros, que seguramente hubiesen evitado lo que ha ocurrido. Konrad Adenauer afirmaba: "La historia es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse". Y esta pandemia entrará sin duda en la historia. Centrar el problema en el enemigo externo –el virus– y las soluciones en la vacuna –la tecnología biomédica– no vale para resolver otras cuestiones tan cercanas como el cambio climático, la creciente desigualdad social, la superpoblación urbana, la crisis de los cuidados, el desempleo juvenil o la despoblación rural.

Los relatos –sobre el enemigo coronavirus– crean un lenguaje y un modelo causa efecto, que adoptamos con facilidad si apunta las causas lejos de nosotros, y es relatado por autoridades o expertos, que como tal se manifiestan. Esta elaboración de conceptos es compleja, mutante y personal, fruto además de los relatos de las expectativas, necesidades y conocimientos de los que escuchan. Además habría que reconsiderar muchas intenciones de origen diverso en estos relatos que recibimos. Los términos seguridad, libertad, responsabilidad, igualdad, sostenibilidad, normalidad, recuperación, bienestar y progreso se cocinan para crear nuevos relatos de culpas, causas y efectos más cercanos a los intereses de los agentes implicados que de los ciudadanos. Por ejemplo, no era obligatorio el uso de mascarillas cuando no había suministro, pero ahora son imprescindibles en todas las situaciones de proximidad, ya que el mercado está suministrado. Otros ejemplos: el dilema seguridad frente a libertad no lo es tal, si introducimos dosis adecuadas de conocimiento y responsabilidad. ¿Cómo se explica que los datos de los millones de votos de las elecciones se calculan en cuatro horas y no sabemos con certeza los datos diarios de los contagios después de muchos meses?

El enemigo está entre nosotros, no es el virus, y se expresa claramente en las formas de abordar esta situación antes, durante y después de lo que está ocurriendo. Decía Quevedo: "Si los principios yerran, todo es errado". No estamos en una guerra contra el coronavirus. A pesar de que en los partes diarios han estado repitiendo hasta la saciedad que el enemigo es un ser vivo –un virus– y sus acciones son agresivas respecto a nosotros, la situación no es un problema de seguridad nacional sino de emergencia biológica, por incapacidad de planes y recursos sanitarios, para unos modelos de vida de alto riesgo biológico. Que les haya pasado a todos no es consuelo, sino que nos indica que algo muy común y nocivo está instalado en nuestras sociedades.

Hemos de salir de la obviedad de los simples números y de las imágenes de alarma para buscar las causas primarias de lo que no ha sido. No basta informar del número de contagios, sino que más valdría saber cuántos contagiados están haciendo cuarentena, y cuántos y cómo son seguidos por cada rastreador. Para que la gente confíe y apoye más la buena salida de esta pandemia e ir un poco más allá y no volver a lo mismo, necesitamos relatos de nuevo diseño, expertos que nos asesoren en los cambios de conducta y que corrijan las inadecuadas prácticas colectivas que nos invaden. Hay que empoderar a la población –educando en los efectos de sus actos– no solo respecto a su responsabilidad con su propia salud sino a sus comportamientos respecto a todos lo demás, con mayor conocimiento ahora en la llamada segunda ola, de las consecuencias de lo que hace.

El coronavirus es un adversario biológico no inteligente (ABNI). La lógica de la vida consiste en adaptarse al entorno mutando y así progresar viviendo. Nuestra lógica –de los humanos– también ha sido y es así desde siempre, pues somos parte del sistema de la vida en la tierra. No obstante nos hemos creído ser mucho más importantes para el planeta de lo que realmente somos. Los que han visto reverdecer la primavera pasada en los campos y los humanos confinados en sus casas, lo observan con claridad. La naturaleza no nos necesita, sigue su curso imparable. El antropocentrismo de los seres humanos como superiores se da de bruces con la realidad cuando ocurren estas circunstancias biológicas. El virus es un adversario en la carrera por la vida de los seres vivos. Pero ¿quién es realmente el enemigo? El mayor error ante un peligro cierto es no reconocer bien la causa, o combatir tarde los síntomas, cuando casi nada o muy poco se puede mejorar o cambiar.

Una recopilación de causas relevantes en el origen del problema, el problema cero, nos lleva a considerar nueve aspectos. Reflexionar sobre ellos nos permitirá tomar conciencia de que otros rumbos son posibles y que cada vez se hacen más imprescindibles:

1.– El primer componente del problema que nos ocupa es la falta de previsión o de visión a largo. No vale decir que era una situación imposible de prever.

2.– Un segundo elemento práctico de la dominante visión a corto, que cobra naturaleza propia, es el abandono de la investigación y especialmente en su aplicación a lo social.

3.– El tercer aspecto de nuestro problema es el espíritu de confrontación –en lo privado y en lo público– que hemos creado para todo. Nos creemos que competir, confrontar y ganar es siempre el mejor resultado.

4.–El cuarto es el relativo a las promesas de felicidad como un estado normal en la vida ordinaria de muchas personas. Existe una gran deriva de lo que entendemos y nos trasladan comunicativamente para la búsqueda de esa ansiada felicidad, empleando el consumo sostenido como falsa fuente de generación de bienestar. Confundiendo riqueza social con desarrollo económico.

5.– El quinto aspecto de nuestro problema es el abandono del planeta y del medio ambiente. No hace falta volver a insistir en que estamos haciendo transformaciones del entorno planetario como para abrir una nueva era llamada "antropoceno".

6.– El sexto problema es el crecimiento desorbitado de las ciudades con un abandono masivo del campo. No nos damos cuenta que hemos multiplicado por 8 la población de humanos en 120 años.

7.– El séptimo aspecto es el engaño a las normas colectivas. "La norma es esquivar la norma" si me supone un coste o un esfuerzo. "La norma es exigir la norma" si me beneficia, o reivindicar la igualdad de trato cuando beneficia más a otros, bajo la permanente referencia a la igualdad ventajosa.

8.– El octavo aspecto se refiere a la concentración de los recursos del conocimiento en pocas personas. Ni el conocimiento ni los beneficios del mismo se reparten, aunque es un bien público citado desde 1948 en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

9.– El noveno y último aspecto, que reúne consecuencias de los anteriores, es una actitud dominante en el que se prima al individuo y sus derechos, sin ahondar en las obligaciones inherentes a la relación con los demás.

Resumiendo lo dicho del problema cero: el coronavirus no es el enemigo, es solo un adversario biológico no inteligente (ABNI), el enemigo son nuestras formas de pensar, actuar, organizar y dirigir la vida de los humanos. Sin visión de largo, desdeñando el valor del conocimiento, compitiendo por todo, errando en la felicidad, abandonando el planeta, despoblando el campo, engañando a las normas colectivas, llevando la tecnología solo a los negocios y no a la sociedad, y actuando de forma individualista y heterorresponsable, la solución y el desastre no son una cuestión sanitaria, económica o ideológica, son pura antropología de una especie.