por alguna oculta razón, se suele asociar el verano con el calor, la luz, el sur o el esparcimiento, de la misma manera que se vincula el invierno con el frío, los días cortos, el recogimiento o la laboriosidad. Y siguiendo un similar paralelismo, el dionisíaco mundo del ocio y la cultura sería al verano lo que la I+D+i o las ingenierías a la seriedad apolínea del invierno. Fiel a los presagios que mi compañero Carlos González apuntaba el viernes en este mismo espacio, durante estos pasados días de asueto, efectivamente, he tenido ocasión de perderme con algún libro entre manos -Las mujeres de la Principal con el que Lluís Llach vuelve a sorprender o Número Cero de Umberto Eco, un poco chasco para lo que cabe esperar de su autor-, de visitar un museo pictórico -si bien con más interés en el continente que en su contenido-, de escuchar un concierto callejero de jazz bajo la lluvia de verano y hasta me ha tocado ser espectador de un taller infantil de artes escénicas. Y ahora, llegando a las postrimerías de agosto, parece que tuviéramos que olvidarnos de la cultura ociosa y empezar a ir pensando en el inicio de curso y en prepararnos para la productividad y esas cosas tan serias. Como si fueran mundos paralelos o antagónicos. Quizás tenga que ser esa la magia del verano.
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