de camino al periódico en el cotidiano paseo de sobremesa desde Zabalgana, mis ojos no dieron ayer crédito. La presencia de un valiente haciendo running al filo de las 15:30 horas a casi 40 grados de temperatura hizo que no saliera de mi asombro durante varios minutos. Hay gente que le tiene miedo al fracaso, otros por ejemplo al avión, y luego está este osado al que me dieron ganas de insuflarle todos mis ánimos teniendo en cuenta que Vitoria era en ese instante un horno insoportable. Mientras el resto de los mortales intentábamos no derretirnos aferrados a una botella de agua congelada, este titán de la pista desafiaba las leyes de la física y de la lógica biológica. No sé si simplemente olvidó que la sombra existe, pero difícil de entender que alguien pueda jugarse el tipo de esa manera. Vitoria es una ciudad diseñada para el verde, para la lluvia fina, para el paseo agradable entre parques y para lucir chaqueta incluso en las noches de julio. Sin embargo, la capital alavesa está viviendo estos días un guion de ciencia ficción climática: los termómetros se han disparado, las calles se han quedado casi desiertas a media tarde y la mítica Siberia-Gasteiz se ha transformado, temporalmente, en una sucursal del desierto del Sáhara. De ahí que lo más sensato sea no correr riesgos innecesarios ni jugar con fuego.
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