Las noticias que ocupan la última página de este diario acostumbran a ser festivas, singulares y, a veces, dramáticas. Las de la edición de ayer, por ejemplo: un hotel de Silicon Valley que ha incorporado a un segundo robot mayordomo que realiza diferentes labores, desgranadas en el poco espacio informativo de la noticia, aunque sin especificar cómo se relaciona con el primer autómata del establecimiento; y la historia de una muchacha que descubrió que su novio le había sido infiel y se vengó de él untándole el pene con acetona, prendiéndole fuego y publicando las imágenes del pequeño incendio púbico en las redes sociales, para esparcimiento de pirómanos y mujeres despechadas con mechero. Pero nada, al menos recientemente, como la aventura de un estadounidense que desenterró a su padre para continuar una discusión que, al parecer, quedó pendiente años atrás. Tanto, fíjense, que la hemos publicado dos veces: la primera un viernes, especificando que el progenitor llevaba muerto desde 1983; la segunda, dos días después, y en ella el padre había fallecido en los años noventa. En ambas ocasiones, quedaba claro que el estadounidense se conducía un tanto ebrio en su afán por resolver las cuitas familiares pendientes. Eso sí, siempre mediante el diálogo.